Saraband · Capítulo 6

Analfabetos

Saraband, Ingmar Bergman, 2003

06. Analfabetos
El siguiente capítulo comienza siendo un poco la antítesis del anterior. Ya desde un principio muestra las diferencias producidas en los protagonistas a lo largo del tiempo transcurrido, a ella se le ve relajada mientras él se encuentra notoriamente incómodo ante la necesidad de realizar conjuntamente los trámites del divorcio. De nuevo en plano medio, pero esta vez ante una mesa de despacho en lugar del sofá anterior, ambos hablan de dichos trámites hasta que la conversación va derivando a temas más íntimos, con la cámara aproximándose a sus rostros. Es él quien sirve las bebidas, a diferencia del capítulo anterior, y su traslado desde la mesa hasta un sofá acentúa las disparidades, pues el nuevo lugar, retratado otra vez en planos medios, resulta frío, poco acogedor.

Marianne, sin complejos ni reticencias, trata de seducir a Johan y así se lo dice, y ambos hacen el amor encima de la alfombra, en contraposición con lo sucedido en la alfombra de su casa donde ella se negaba, y lo hacen claramente, sin ocultación por parte del director, como si toda reserva en Marianne hubiera quedado olvidada en ese tiempo. Poco después volvemos al prosaísmo, de los papeles del divorcio, contemplado a media distancia y reaparecen las tensiones por la ausencia de interés de Johan en darles un rápido despacho, poco a poco los planos vuelven a acercarse a los rostros pero, a diferencia de otras ocasiones, las discusiones ya no son íntimas sino simplemente personales, referidas a las hijas y a sus gastos.

Significativamente cuando, en otro gran primer plano, la cámara se aproxima al rostro de Johan, mientras habla refiriéndose a temas más hondos y más esenciales para él como es el desconocimiento que tenemos sobre nuestras almas (analfabetos emocionales), la exposición termina con un bostezo de Marianne equivalente al de Johan en el capítulo anterior a lo que él reacciona molesto, a diferencia de la comprensión mostrada por ella en la escena equivalente. Otra vez el ambiente se enfría y desde la distancia el espectador escucha el relato de sus desventuras laborales que Johan comenta en un tono entre irritado y hastiado para terminar planteando sus fracasos personales con la cámara en primer plano.

La planificación vuelve a cambiar cuando sentados el uno frente al otro analizando sus sentimientos el director utiliza de nuevo el plano/contraplano, pero esta vez con desde un punto de vista meno cercano, donde implicación de ambos en los temas que discuten vuelve a ser expuesta con la aparición de la pareja en cada uno de los encuadres. Sin embargo la cámara se ha separado, el análisis de los sentimientos es más distanciado y el terrible rosario de reproches van surgiendo en la conversación se hace de una forma llena de emotividad pero con la lúcida crueldad de quien, apoyado por la abundante bebida que ha ido acompañando la escena, decide soltarse los demonios interiores para evitar que sigan dañándole. A medida que las acusaciones y las miserias expuestas van subiendo de tono, la cámara se aproxima a sus rostros de forma clara hasta que, con un brusco movimiento, tras un puñetazo de Marianne en la mesa, se vuelve a separar de los personajes quienes alterados se agitan dentro de sus planos como encerrados en ellos, encerrados en su propio ser.

Más adelante, cuando Marianne le muestra que adivina sus verdaderas intenciones de tratar de evitar el divorcio, la conversación vuelve a suavizarse y en planos cortos alternados se van desgranando los verdaderos sentimientos de Johan, desdiciéndose de lo anteriormente expresado, pero ya es tarde y cuando Marianne intenta marcharse en un taxi, Johan, muy tocado ya por sus sentimientos y por el alcohol, trata de impedirlo incluso por la fuerza, golpeándola en su agresiva frustración en una planificación magistral donde la fuerza y la tensión contenida en solo un par de planos demuestra cómo un gran director acompañado de un buen fotógrafo y unos actores de categoría no necesitan de un montaje complejo para transmitir agitación y violencia.

La escena termina tras la asunción por parte de ambos de lo ocurrido y tras la firma de los correspondientes documentos del divorcio. Si el capítulo Paula es el nudo de la película, este durísimo capítulo es el análisis más crudo de la vida matrimonial y de los ambiguos sentimientos que confluyen en los personajes.

Alfredo GarmendiaTodos sus textos en Tren de sombras

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