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Mizoguchi por Versus

Edición de Versus

Versus acaba de editar dos filmes clásicos de uno de los directores más importantes de la historia, Kenji Mizoguchi, dentro de lo que puede considerarse una serie dedicada a la cinematografía japonesa menos conocida. Un esfuerzo editorial digno de ser agradecido por el sufrido cinéfilo que, poco a poco, ve cómo un cine hasta hace poco vetado por razones comerciales va apareciendo en su mundo. Se trata de La espada de Bijomaru y de Elegía de Naniwa, dos filmes que forman parte de ese grupo de obras menos conocidas de Mizoguchi cuyas aportaciones básicas a este tipo de arte han ido apareciendo en los últimos años bien en España o en otros países de nuestro entorno.

Ahora bien, una cosa es la oportunidad de unos lanzamientos editoriales efectuados con bastante dignidad y otra la calidad de unas películas pues, desgraciadamente, no siempre es oro todo lo que reluce. En este caso diría que el reparto entre ambos lanzmientos ha sido equitativo, como pensado en poder efectuar comparaciones de películas alejadas en el tiempo con una perspectiva próxima. Resulta difícil comentar un filme que no nos gusta de un director que admiramos. Toda una cultura y toda su inercia tienden a hacernos pensar que no puede ser que algo dirigido por nuestro admirado Mizoguchi no tenga atractivo. Es como si una voz interior se alzara dentro de nosotros para decirnos que estamos equivocados, que no hemos sabido apreciar sus virtudes.

La mente humana tiende a mitificar, a considerar que lo que proviene de un maestro ha de ser siempre una obra también maestra o, como poco, de interés. Nos resistimos a valorar las películas en sí mismas, más bien tendemos a asociarlas al contexto y al conjunto de una trayectoria. Tratamos de buscarle las cosas buenas que, sin duda, debe tener pues no puede ser que un maestro haya errado. Sin embargo creo que este es el caso.

La espada de Bijomaru (1945) es un filme pobre. Pobre de ideas y pobre de concepción. Todo resulta tópico, esquemático, sin alma, desde la historia típica de venganzas mezcladas convenientemente con avatares políticos, hasta su resolución, que casi parece una parodia. En el fundamento de la película se encuentra la forja de un talismán, de una especie de “Excalibur”, espada pura, imbuida en las esencias de espíritus nobles al servicio del Emperador, claro está. Hay que tener en cuenta que la época en que se realizó y las circunstancias en que la dirigió tienen una influencia importante pero, aún así, me parece un trabajo decepcionante.

Su escasa duración, una de sus ventajas, hace que los defectos no agobien pero resulta difícil atisbar algunos detalles de calidad entre tanto cliché. Podríamos hablar, si quisiéramos, de altisonantes palabras y grandes conceptos recogidos en el transcurso del filme, como pueden ser honor, remordimiento, fidelidad, pero no sería sino intentar rellenar de contenido un recipiente vacío, como si el énfasis de los conceptos pudiera llenar una puesta en escena simple y acartonada donde los decorados son como la propia película, artificiales y falsos. Da la impresión de que Mizoguchi nunca se cree lo que está rodando y lo hace con un exceso de desgana.

Quizás podríamos destacar ciertas escenas más íntimas de la protagonista, una vez más por encima de los hombres en cuanto a capacidad de decisión, o, poniéndonos sutiles, procurar analizar en clave irónica el final como un intento de Mizoguchi de burlarse de la línea argumental de su obra, tan llena de grandes ideales, de espadas impregnadas en espíritus … para resolverlo en una triste pelea de tres contra uno más bien torpe y poco heroica, envuelta dentro de una batalla lastimosamente plasmada en imágenes. Pero ya veo que de nuevo estoy buscando justificaciones a los defectos de una película por ser de quien es.

La pregunta que me hago tras haberla visto es la siguiente, en el caso de que hubiera sido realizada por un director desconocido ¿habría sido editada en DVD? Bien es cierto que el lanzamiento, como suele ser habitual en Versus, resulta bastante decente y cuidado en imagen, aunque contenga unos extras mínimos, pero eso es un defecto que solo molesta a quienes estén interesados en algo más que en la propia obra, claro.

Otra cosa bien distinta el Elegía de Namiwa (1936). Aquí, aunque casi como si se tratara de un boceto, aparecen temas que posteriormente serían desarrollados con un mayor aplomo en su posterior cinematografía y su forma de presentarlos trasluce una sutileza que nueve años más tarde, en la anterior película comentada, parecía haber perdido aunque fue, afortunadamente, un tropiezo pasajero antes de dar rienda suelta a su genio.

El enfrentamiento entre una manera tradicional de vivir de la mujer y el mundo moderno constituye la base del filme. La protagonista vive en una sociedad donde las mujeres tienen un grado de libertad aparente que choca con las costumbres ancestrales. Ella trabaja en una empresa de telefonista, como una empleada más. La esposa del dueño de su empresa tiene un comportamiento que nos parece libre de ataduras, vive su vida sin tener demasiado en cuenta a su marido.

Sin embargo todo es engañoso, al menos para quienes no poseen dinero. Ya desde el principio se pueden observar comportamientos despectivos y casi tiránicos de su jefe en relación con sus sirvientas, las insulta, las regaña, como si fuera su dueño. La propia protagonista, en su relación con el jefe, se comporta de un modo casi servil aunque trate de mantener su dignidad.

Por otro lado, aunque su trabajo sea uno más, lo lleva a cabo aislada del resto, metida en una especie de urna de cristal donde se contempla a sí misma reflejada, sin posibilidad de hablar con su novio, que también trabaja allí, más que a través del teléfono. La relación con su padre resulta también difícil, y cuando le reprocha no hacer nada por conseguir el dinero que necesita para pagar sus deudas, acaba teniendo que marcharse de casa.

Tras los esfuerzos que hace deshonrándose ante su jefe para conseguir el dinero que necesita su familia, primero para su padre y luego para pagar los estudios de su hermano, su recompensa es el rechazo tanto de uno como de otro por haberse degradado ante la sociedad. Pero no solo es rechazada por ellos, sino también por su hermana, que parece estar totalmente bajo el influjo de esas viejas hipocresías. Su novio, indiferente a sus problemas en un principio, resulta incapaz de ayudarla a superar sus problemas económicos y acaba también rechazándola, cerrando un círculo completo donde la única que toma la decisión de ayudar, en la forma que puede hacerlo, para evitar males mayores a su familia, es la única que resulta apartada de su entorno.

La realización se encuentra llena, como he comentado, de ejemplos de buen gusto cinematográfico, como el cambio de enfoque a la protagonista, nítido al principio para pasar a las penumbras y obstáculos interpuestos en su parte central, terminando con un plano frontal, de nuevo limpio y acusador, en su dura mirada final. Por supuesto los elegantes movimientos de cámara con travellings laterales suaves, marca de la casa, hacen acto de presencia, así como multitud de encuadres pensados en la dramatización de las escenas. En suma, un buen filme, crudo y realista, que sin ser una de sus obras maestras no deja indiferente al cinéfilo.

La calidad de imagen es peor que en el caso anterior, supongo que por la diferencia de años y por la deficiente conservación de los originales pero, aparte de algunas insuficiencias puntuales, resulta aceptable y se deja ver. De nuevo los extras brillan por su ausencia aunque, como ya he apuntado, lo realmente importante siempre es la película.

Alfredo GarmendiaTodos sus textos en Tren de sombras

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