30 años en la colmena
El espíritu de la colmena, Víctor Erice, 1973

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El quinto día de esta 51 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián nos acercamos al Kursaal para disfrutar en su magnífico auditorio principal de uno de los grandes momentos de esta edición, o como dijo Diego Galán en la rueda de prensa posterior, "un momento histórico que recuerda otro momento histórico", el de la concesión, por primera vez, de la Concha de Oro del festival a un director español. La película era El espíritu de la colmena, el director Víctor Erice y el año 1973. Victor Erice (Carranza, Vizcaya. 1940) lograba así hacer historia con sólo 33 años en la ciudad que le acogió en su juventud y en cuyos cineclubs se asomó por primera vez a la cinefilia.
De los participantes en aquel milagro, asistían a la proyección el propio Erice, el productor Elías Querejeta y las dos niñas-actrices Ana Torrent, ahora mujer-actriz, e Isabel Tellería, que no ha vuelto al cine tras su paso por esta película. Cuando se disponían a sentarse en las butacas que la organización les había reservado, entrando con disimulo por una puerta lateral, alguien les vio y la sala rompió, progresivamente, en unos aplausos que serían los primeros de una larga lista. Estaba previsto que una locutora presentara la proyección y a los invitados, como así ocurrió un momento después, y mientras un foco les destacaba sobre la oscuridad de la sala se les dedicó otro sentido aplauso.
Al comenzar la proyección, los que habíamos conocido esta película en formato doméstico pudimos acercarnos, agradecidos, a esta nueva copia restaurada sobre el propio negativo original, que sin ser deslumbrante si que hace justicia a un film como este que sufría unas ediciones penosas en VHS y DVD. En medio de la oscuridad de la sala, el público asistió en reverente quietud a la proyección, era tanto el respeto que parecía improcedente incluso el moverse en la butaca. Tras la proyección, y antes de que se encendieran las luces del repleto auditorio, sin dejar apenas ni empezar los títulos de crédito finales, mil ochocientas personas les dedicaron la tercera ovación de la tarde.
El encuentro
Sin perder ni un momento, nos dirigimos a la sala
de prensa donde iba a tener lugar lo que nos se presentó
como una charla-coloquio con el equipo de la película
y acabó siendo más bien una rueda de prensa, y demasiado
corta. En la mesa se acomodaron Elías Querejeta,
Isabel Tellería, Ana Torrent, Víctor Erice y Diego
Galán —crítico
cinematográfico y Director del Festival de San Sebastián
durante muchos años, entre ellos el del triunfo de El
espíritu de la colmena— que ejercía de
presentador y moderador, y enfrente una atestada
sala de prensa que bullía de impaciencia. Los comentarios
durante los días previos estaban preñados de expectación,
principalmente, ante el pase de la copia restaurada
y la presencia de Erice, es cierto, pero también
por un malsano morbo ante el reencuentro en público
de Víctor y Elías (productor
de sus tres primeros largos: Los
Desafios, El Espíritu
de la Colmenay El
Sur),
dos fuertes personalidades que ya habían chocado
en el pasado. Y permitidme adelantar que no salimos
decepcionados en absoluto.
| De izqda. a der.: Elías Querejeta, Isabel Tellería, Ana Torrent y Víctor Erice (Foto: Fermín J. Martínez) |
Víctor Erice, para quien os escribe, no es sólo el más grande cineasta español en activo, si no también un representante esencial de esta cosa tan zarandeada y démodé del cinematógrafo. Algunos de los presentes habíamos asistido recientemente a otro momento fundacional durante el programa especial dedicado a El Sur(Víctor Erice, 1983) de "Versión española" de la sugerente Cayetana Guillén Cuervo (un programa que nació al rebufo de "Que grande es el cine" de José Luis Garci —ex pareja de Cayetana, recordemos— y que ahora le supera tanto por su audacia como por el respeto por las obras proyectadas). Ese momento fue una larga entrevista a Erice emitida después de la película donde este autor desgranaba, en su habitual tono lánguido, pausado y hechizante lo acontecido con El Sur, paradigma ya para siempre de obra inacabada, castrada, y donde quedó dolorosamente patente lo que semejante proyecto hubiera supuesto (y perdón por la cursilería) para nuestros corazones.
Pues bien, desde esta militancia afrontábamos algunos este encuentro, y lo que tenía que suceder acabó haciéndolo. Pero no adelantemos acontecimientos. Tras una breve introducción de Diego Galán, esa máquina cinéfila de repetición también llamada Víctor Erice comenzó a hablar, con ritmo lento, reflexivo, pero con una munición de gran calibre. Víctor Erice es Cine y, como tal, es capaz de lanzar al mundo 24 verdades por segundo.
El tiempo
El cineasta vasco comenzó agradeciendo al festival
la oportunidad de proyectar su película en una pantalla
de cine, algo que en estos días "en los que las películas
acaban en la pequeña pantalla o en formatos domésticos
como el vídeo o el DVD incluso antes de su estreno
en cines" se ha convertido en una reivindicación
necesaria.
"Si digo esto —continúa Erice— es porque, precisamente,
en El espíritu de la colmena es el Cine, una
proyección de cine, el que llega a un pueblo y empiezan
a pasar cosas, y cambian las vidas de los protagonistas".
Para Erice el Cine es un factor importantísimo
de cambio vital, el mejor "agente de revelación",
pues, según
él, "uno hace películas contra el tiempo, para escapar
del tiempo".
Y es precisamente tomando como referencia al propio tiempo como el cine encuentra su elemento diferenciador con respecto al resto de las artes, pues el cine tiene la capacidad de "registrar el acontecer, el acontecimiento, que queda grabado para siempre". Quizá ahí se encuentre el poder de fascinación que muchas películas de épocas pretéritas ejercen en nosotros, en "esa sensación especial cuando oímos y vemos a personas que ya han desaparecido. El cine del pasado es vibración, respiración de una atmósfera que se fue". Para Erice quien mejor expresó esta idea fue el polifacético intelectual y cineasta Jean Cocteau que decía que el cine era el único medio que captaba "el trabajo de la muerte", y por eso el cine siempre se ve enriquecido por un matiz documental pues registra acontecimientos para la historia, y ese matiz —afirma Erice— es, curiosamente, necesario para la ficción. El afán didáctico del maestro parece invitarle a ponernos un ejemplo, y recurre, como no, a El espíritu de la colmena. Para Erice, ese matiz documental se adueña de la pantalla en la escena de la proyección de cine de El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931. James Whale) en la barraca del pueblo. "Es la única escena que rodé con dos cámaras", nos dice, y a continuación nos regala un dato que yo por lo menos desconocía y que considero extremadamente revelador: la proyección del film de Whale era real, es decir, se proyectó sin cortes y las dos niñas y el resto de figurantes del pueblo —al igual que el propio equipo de rodaje— asistieron a los 71 minutos de la película mientras las dos cámaras recogían sus reacciones. "Y, curiosamente, ahí me borré como Autor —termina Erice— a veces hay que confiar en la realidad". Gracias a esa confianza, puede ser que estemos hablando de algunas de las imágenes más ricas, profundamente autoreferenciales y bellas de la historia del cine.
La luz
Además de sus motivaciones políticas, lo suficientemente
veladas como para poder salvar la censura tardofranquista,
El espíritu de la colmena nació como homenaje,
revisitación y aproximación estética al mito de Frankenstein
y sus plasmaciones cinematográficas. Por ello, en un
primer momento, Erice pensó la película en blanco y
negro, "no me salía de otra manera", afirmó. Erice siempre
ha sentido gran admiración por el Cine Expresionista
Alemán, "tengo un lado oscuro que me emparenta con cineastas
como Murnau, por ejemplo". Pero, al final, la película
se rodó en color sobre todo por motivos de distribución
y por lo que el director definió como una "asunción
de sus límites", unos límites que facilitaron un acercamiento
"más intimista" para no aumentar en demasía los costes
de producción.
Cada película es hija de sus circunstancias y a pesar de que no está dispuesto a rodar a cualquier precio, como él mismo comentó en referencia a las largas pausas entre sus películas, Erice parece saber renunciar, al contrario de lo que dice su leyenda, en aras de posibilitar dentro de esos límites los proyectos en los que se embarca. En este punto, Elías Querejeta apuntó, no sin cierta urgencia pues parecía que la simple mención de la palabra 'costes' no era de su agrado, otro elemento que condicionó el proyecto y decantó la elección hacia el color, y que fue una reunión de ambos con el director de fotografía de la película, Luis Cuadrado, a la cual este último llegó acompañado de unas reproducciones de cuadros de Vermeer como aproximación a la concepción que tenía para la fotografía de la película. En esta edición del festival donde tanto y tan alto ha sonado el convencional film La muchacha de la perla de Peter Webber que adapta el libro homónimo de Tracy Chevalier que se inspira, a su vez, en el famoso cuadro del mismo nombre del pintor holandés, resulta un tanto decepcionante que la crítica haya dado tanto bombo a la premiada y, por otro lado, ciertamente notable fotografía del portugués Eduardo Serra para este film sin hacer ni una mención al grandioso y más arriesgado trabajo, 30 años antes, de Cuadrado, sobre todo en una edición del festival donde la película de Erice no podía estar más de actualidad.
El espacio
Este mágico comunicador aún guardaba uno de los
más hermosos momentos del encuentro en su chistera.
Tras reconocer que es un "espectador imposible" de sus
propios films, pues a veces sólo es capaz de ver los
defectos de los mismos, algo que da una idea de su inconformista
afán de superación personal, Erice expresó uno de sus
mayores deseos como cineasta: el de que la técnica evolucionara
lo suficiente como para poder expandir el espacio escénico
del film y poder captar así lo que ocurre alrededor
del mismo. "El mejor momento de El espíritu de la
colmena no está en la película —y aquí cedo la
palabra al propio Erice— fue el encuentro de Ana (Torrent)
con el actor que encarnaba a Frankenstein. Era el único
rodaje nocturno, y el plató, comparado con su aspecto
durante el día, estaba transfigurado, irreal, totalmente
iluminado: la luz, ese gran poder del cine. Cuando Ana
llegó al plató estábamos cenando, y entre nosotros se
encontraba el actor completamente caracterizado como
el monstruo tras una larga y pesada sesión de maquillaje;
cuando Ana lo vio, se asustó y pegó un salto lanzándose
a los brazos más cercanos, que resultaron ser los del
ayudante de cámara. Ana no paraba de llorar y el actor
no paraba de sonreir, pero todo esfuerzo era inútil.
Estaba aterrorizada pero sentía una gran curiosidad
porque, por fín, se había materializado el espíritu
de la película en el que ella realmente creía, y poco
a poco se fue acercando a él hasta que le lanzó la pregunta
por la cual me considero un cineasta frustrado porque
mi cámara no estaba allí: le preguntó que 'por qué había
matado a la niña', refiriéndose a la película de Whale.
El actor no supo qué responder". Ante una sala que escuchaba,
embobada, la hermosísima anécdota Erice concluye: "Espero
que la película haya podido dar algún tipo de respuesta".
Inmediatamente después de estas palabras, los presentes
estallaron, nuevamente, en aplausos.
Censura(s) y cine español
Como decía antes al hablar de las expectativas que
la reunión de Erice y Querejeta había suscitado, lo
que tenía que ocurrir acabó por hacerlo, y el desencadenante
fue una pregunta-tesis que un periodista desarrolló
con demasiada calma para el exiguo tiempo disponible.
Haciendo referencia a las metáforas, disimulos y circunloquios
con las que se había envuelto 'El espíritu de la colmena'
para poder plantear un film con trasfondo político sin
que por ello los censores franquistas pudieran meter
mano (y tijera), le preguntó a Erice si esa censura
le parecía más fácilmente salvable que la tiranía del
mercado actual que, a la postre, no dejaba de ser otra
forma de censura y que suponía un corsé que el cine
español no era capaz de aflojar. Sin que Víctor pudiera
siquiera articular una palabra, Elías Querejeta asaltó
el micrófono con urgencia (otra vez) para aseverar que
las diferencias entre la presión del mercado de nuestros
días y la censura franquista eran demasiado patentes
como para que uno pudiera permitirse trivializar al
respecto. Sin solución de continuidad, Erice recuperó
la palabra para comenzar a hilar su opinión que, por
supuesto, era de signo opuesto, afirmando que la censura
franquista era más fácil de salvar que la censura del
mercado actual. "Son distintas, es cierto, pero esta
última es un tipo de censura también. Estamos ante un
mercado falsamente libre".
Para Erice, las películas hoy en día han de nacer vendidas con anterioridad a su realización y, precisamente por ello, le consta que "existen grandes proyectos que no son capaces de superar esta censura". Era de esperar, incluso si no se conocía previamente su opinión, que un director con una concepción tan respetuosa de su oficio-arte y que tantos problemas ha tenido con la producción de sus proyectos mantuviera una postura semejante, pero no por ello resultó menos satisfactorio oírlo como respuesta a la diatriba de Querejeta. "El cine español está en una situación crítica —continúa el cineasta— este año puede ser que desaparezcan las ayudas al cine europeo". En su turno de réplica, Querejeta afirmó que él había producido en los últimos años muchas películas que no nacieron ya vendidas, y cita La espalda del mundo (Javier Corcuera, 2000. Premio de la Critica Internacional en el Festival de Cine de San Sebastián de ese año) y algún otro ejemplo de lo que él denomina "cine documental" y también del tan traído y llevado "cine independiente". Pero parece olvidarse de que cineastas como Víctor Erice necesitan más medios que los que el marco del "cine documental" o "independiente" pueden ofrecerles. Y eso parece pensar el propio Erice, que se remueve, inquieto, en su asiento con gestos de respetuosa disconformidad y que, haciendo gala de una infinita paciencia, en este punto se refiere a las nuevas posibilidades del cine digital como una salida para los nuevos cineastas europeos, aunque considera que tanto la realización de estos films como su circuitos alternativos y propios de distribución nada tienen que ver con las salas cinematográficas, unas salas que son parte de una "escenografía del pasado", de una concepción del cine de la que Erice se considera deudor, aunque reconoce que "a veces me gustaría tener 20 años para poder meterme en ese movimiento". Pero esto no es posible, y habremos de seguir esperando por otro milagro que pueda regalar una nueva película de Erice a nuestras exhaustas carteleras. En un punto de la refriega Querejeta quiso rebajar la tensión afirmando que "de todas formas, Víctor y yo llevamos 40 años discutiendo, no vamos a cambiar ahora" a lo que Erice respondió con su grandeza habitual y no sin ciertas segundas que en esos 40 años era Elías el que había hablado, y él se había dedicado a escuchar.
Amigos de juventud, compañeros de correrías, polemizadores incansables que atesoran notorios encontronazos y representantes casi antagónicos de dos formas distintas de concebir el cine, Elías Querejeta y Víctor Erice parecen condenados a entenderse y puede que, por extensión, esa cohabitación pactada entre arte y comercio sea el único camino posible para el futuro de esa entelequia conocida como cine español.
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Como Director |
José Manuel López FernándezTodos sus textos en Tren de sombras



