Saraband · Capítulo 4

Paula

Saraband, Ingmar Bergman, 2003

Fotograma de Saraband

04. Paula
El tercer capítulo es el núcleo de la película, en él estalla por fin la situación. La engañosa armonía, cada vez más cuestionada por el espectador, se rompe definitivamente. Esta quiebra es nocturna como si quisiera ocultarse a los ojos del mundo. Desde este momento y hasta el final de la película solamente aparecen los dos protagonistas, nadie más interviene físicamente aunque, por supuesto, sí que existen e influyen, pero para el director son únicamente accesorios que tienen como único propósito el ver su reflejo en el comportamiento de los protagonistas. La pareja es lo que importa, las circunstancias solo sirven para matizar su comportamiento.

Tras la llegada de Johan por la noche a la casa de campo donde se encuentra Marianne y en un primer bloque de tres únicos planos medios con gran movilidad interna, se esboza la situación como si se tratara únicamente de una llegada inesperada, sin otra razón que la de adelantar su estancia en el hogar. Marianne, alegre, le ayuda en la preparación de una improvisada cena y se sienta con él a esperar que coma algo tras encender dos velas a todas luces inútiles bajo el punto de vista práctico de iluminación. Quiere celebrar la llegada tras una insinuada discusión telefónica del día anterior de la que se encuentra arrepentida. ¿Acaso se teme algo?. ¿Es posible que, siendo en el fondo consciente de la falta de sinceridad de sus relaciones, esté temerosa de que algo pueda ocurrir?

Pronto la planificación cambia radicalmente, del plano medio pasa al plano corto, los rostros de los protagonistas cobran de nuevo protagonismo en una conversación en la que el recurso plano/contraplano está matizado por la aparición permanente de la cabeza de uno en el espacio cinematográfico del otro, no existe un solo primer plano nítido, no hay limpieza de encuadre. En la conversación Johan plantea la ruptura de sus relaciones confesando haberse enamorado de otra mujer, ante la mirada expectante de Marianne. Ella no reacciona como si se sintiera agredida o engañada, sino más bien como si hubiera llegado aquello que temía que ocurriera. La conversación termina de forma más o menos brusca, tras apagar las velas que había encendido hacía poco tiempo.

Un tercer bloque de planos medios de larga duración, similar al primero pero con mucha menos agitación interior nos muestra a los protagonistas yendo a la cama para descansar. La conversación se hace de nuevo convencional, los temas son el equipaje, los trajes, las ocupaciones del día siguiente. Parecería como si no hubieran hablado de un tema tan crucial como el comentado, los protagonistas se mueven en el plano de una manera cotidiana, incluso sonriendo, como continuando esa representación a la que tan acostumbrados se encuentran. Esta planificación concluye con un rápido acercamiento de la cámara al rostro angustiado de Marianne al conocer que Johan va a desaparecer durante al menos siete u ocho meses totalmente de su vida. Sobre su rostro en pantalla Johan empieza a sincerarse y a mostrar sus verdaderos sentimientos y ante la vuelta defensiva de Marianne a los temas puramente organizativos de la disolución de su relación (ingresos, pensión, etc) Johan estalla diciéndole, en una planificación llena de nerviosismo interno, todo lo que le molesta esa vida llena de comedia de formalidades y de convenciones que han llevado juntos.

A partir de ese momento la planificación, en paralelo con las relaciones entre ellos, se tranquiliza de nuevo y se mezclan de forma muy inteligente el plano medio que sigue los movimientos de Johan por la habitación con insertos de Marianne en la cama. Tras un nuevo intento de relación amorosa bastante fallido realizado en aras “de su vieja amistad”, acaban durmiéndose uno en brazos del otro.

Al día siguiente despiertan con las manos entrelazadas pero todo ha acabado. Los intentos finales de Marianne por retener a Johan, tras el ritual de unos gestos y conversaciones cotidianos, son inútiles. Bergman filma estos momentos con la aparente naturalidad de la situación, sin apenas tensión, como si fuera el desayuno de un día cualquiera. Al final, y tras quedarse sola, Marianne se derrumba al conocer que casi todos sus amigos conocían la aventura de Johan y nadie se lo había dicho. Ciertamente que los reproches son para el mensajero, no acaba de comprender que el problema estaba en ellos mismos. De nuevo el desasosiego y el dolor aparece en un largo gran primer plano sostenido de Marianne hablando por teléfono con un amigo, terminando así el capítulo.

Alfredo GarmendiaTodos sus textos en Tren de sombras

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