Notas dispersas sobre el cine de Richard Linklater
Richard Linklater realizó su primer largometraje en 1991, Slacker, en plena euforia del renacimiento del cine independiente norteamericano. Su consideración como cineasta no fue rápida y la ha ido alimentando película tras película, a razón casi de una por año. No fue al comienzo un director muy tenido en cuenta, aunque sí respetado. Linklater ha ido trazando una filmografía muy precisa donde trabajos más personales y arriesgados se han combinado con otros más comerciales que, sin embargo, en momento alguno han traicionado su estilo, su manera de entender el cine. El paso del tiempo puede acabar revalorizando aquello que, o bien se ignoró o bien no se atendió con demasiado interés. Algo así ha ocasionado que tras las últimas películas de Linklater haya quien al realizar una mirada al resto de su filmografía se haya encontrado con más de una sorpresa. Sí, es Linklater un cineasta que, aunque irregular y de obra por ahora medianamente corta, presenta un interés muy por encima de la media, quizá porque su aparente capacidad camaleónica le sitúa en un lugar preferente dentro del cine norteamericano. También por esa sensación que película a película ha ido transmitiendo, la de un director que tiene las ideas bastante claras sobre el cine y qué proyectar a través de él.
1.- Una mirada al momento: Slacker – Suburbia
La ópera prima de Linklater, Slacker, ya pone de relieve muchas de las constantes que irán apareciendo en sus películas posteriores. En primer lugar, aparece una mirada muy precisa sobre el concepto de tiempo y de espacio. Una presencia de los diálogos como parte de gran importancia para acompañar a la acción, para ilustrarla. Una puesta en escena muy concisa y desnuda de todo adorno en la que no hay lugar para manierismo alguno. Una gran relevancia a la presencia del actor como parte imposible de soslayar de la película. Linklater deja claro en su primera película que su cine es de observación antes que de comentario. Le gusta mirar a su alrededor, retratar lo que sucede en su entorno con la mayor precisión posible, de ahí esos intentos de concentrar las narraciones en un espacio temporal muy concreto y buscar, a través del cine, el poder transmitir esa sensación de estar ante una narración que acontece a tiempo real. Pero, a esto, regresaré más adelante.
Slacker y Suburbia, su quinta película, se acercan a la juventud del momento. A este respecto, Linklater retrata a la juventud de su país en los primeros años de la década de 1990 como tantos otros cineastas coetáneos, eso sí, desde un prisma muy preciso. Linklater se adentra en los suburbios pero no a través de una mirada desoladora o trágica, sino con la mirada de quien desea saber algo más sobre esos jóvenes. No es un cineasta demasiado alejado en el tiempo de los gustos de los jóvenes que retrata, de ahí que exista cierta empatía a la hora de representarlos. Hay algo amable en su visión de la realidad, pero eso no quiere decir que caiga en los típicos retratos adolescentes donde los jóvenes asumen unos papeles que es complicado creerse. Linklater no trata de dar una visión global, se contenta con un pequeño grupo que le vale para dar una idea de aquello que piensan y sienten los jóvenes. Su concreción temporal de la acción, en estos dos casos, le sirven para delimitar con precisión aquello que acontece en la vida de los jóvenes durante ese tiempo. Sus conversaciones ponen de relieve ciertos elementos de la sensibilidad del momento sin caer en momento alguno en elevarlas a máximas sobre la actualidad. Es una observación. De ahí que en muchas películas de Linklater se tenga la sensación de que tras la narración y la ficción exista siempre cierto intento de documentar, como si la propia película fuera un documental sobre sí misma. A este respecto, no es complicado imaginarse Slacker y Suburbia como dos documentales que abrazan la ficción, pero sin olvidar en momento alguno que prima lo segundo. Separadas entre sí por cinco años, y aunque Suburbia presenta un aspecto mucho más cuidado, pero menos fresco, que Slacker, se pueden sentir como un díptico que se adentra en los márgenes de una ciudad para seguir a los jóvenes que la habitan y ver qué dicen, qué piensan, pero sin juzgarlos, sin entrar en grandes dramatismos al respecto.
2.- Reconstrucción (1): Jóvenes desorientados.
Si Slacker y Suburbia son retratos juveniles contemporáneos, el segundo largometraje de Linklater, Jóvenes desorientados, lo es de finales de la década de 1970. Se trata de una película con grandes dosis autobiográficas, pues muchos aspectos de la película, al parecer, responden a la memoria del propio director. Si Slacker abría su filmografía concentrando la acción en un día, Jóvenes desorientados hace lo propio durante una noche de celebración tras el fin de las clases. Con ambas, Linklater ya deja claro hacia donde quiere ir dirigiendo su obra, cuáles son algunas de sus ideas. Su gusto por moverse por una delimitación temporal precisa es patente en sus dos primeras obras. En ambos casos, no intenta dar una sensación, como hará después, de que la ficción cinematográfica sucede a tiempo real, pero sí concentrar la acción en unas horas. Parece como si Linkater necesitara de ello para poder transmitir las sensaciones e ideas que proyectan las historias de una manera más directa. No hay tiempo, parece agotarse. Todo sucede con celeridad, aunque en momento alguno se avance a ciegas. En su intento de asir la realidad, de observarla con detenimiento, hace que Linklater opte por esos cotos temporales que le permiten no desviarse demasiado del camino, como si cualquier dilatación en el tiempo ocasionara el perder el rumbo, acabar en la deriva.
Jóvenes desorientados, no obstante, no posee la frescura y las geniales ideas de Slacker, quizá porque recuerda (sin serlo en momento alguno) a esas películas que se produjeron desde finales de la década de 1970 y a comienzos de la de 1980 de desmadres juveniles en universidad e institutos norteamericanos. En este aspecto, está claro que Linklater sabe salir del paso y hacer algo diferente. Su reconstrucción de una época no es para nada enfática, le basta con algunos apuntes sencillos para situar la acción. Su interés se centra en mostrar los sentimientos de esos jóvenes (que en muchos casos serían los suyos) pero sin perder la alegría y la comicidad. Jóvenes desorientados intenta ser una comedia desenfrenada pero con ciertos toques que le den más consistencia que la simple acumulación de situaciones más o menos graciosas. Si bien es cierto que en ocasiones se percibe un cierto desequilibrio, también lo es que es la segunda obra de una carrera que comienza a asentar unas bases concisas sobre una manera de ver y entender tanto el cine como la vida.
3.- Reconstrucción (2): Los Newton Boys.
Los Newton Boys, su cuarta película, es quizá la película más extraña en toda la filmografía de Linklater, la que más parece estar, en apariencia, fuera de lugar. Ambientada en la década de 1920, recrea la historia de cuatro hermanos que fueron, en su momento, muy famosos por la serie de atracos que realizaron en Estados Unidos. Los Newton Boys reconstruye la época con mucho estilo, todo potenciado por una fotografía muy extraña, de un cromatismo que ni parece ser actual ni de entonces, como si de esa manera estuviéramos ante una fantasmagoría. No hay en el estilo un intento de imitar el cine más clásico, como suele suceder, aunque Linklater haga uso de una puesta en escena muy sencilla (no obstante, no suele ser un cineasta propenso a los excesos) y donde los diálogos y los actores, una vez más, sostienen gran parte de la acción. Hay algo frívolo en la película que desconcierta, pues está más cercana a la comedia que al drama. Sin embargo, el comentario social de la película, acercándose a un grupo de jóvenes que se revelan ante la situación de un país donde apenas encuentra lugar no tiene desperdicio y muestra que Linklater se toma las cosas más en serio de lo que parece. Al fin y al cabo, para hablar de temas importantes no es siempre necesario el entrar en grandes discursos y en una seriedad extrema que, en ocasiones, desvía la atención de lo que se quiere decir por exceso de énfasis y crudeza, por acabar resultando demasiado obvio. De este modo, The Newton Boys puede verse como una extensión más de los jóvenes que han poblado, y seguirán haciéndolo, su cine. Linklater respeta mucho a la juventud, la muestra con cariño, como una parte esencial de la sociedad, de sus bases. De ahí que a la hora de alejarse en el tiempo no deje de lado esa mirada. No se trata tanto de aquello de lo que se hable y dónde se desarrolle como de la forma en que se mire y se transmite.
4.- Experimentos (1): Tape.
El séptimo largometraje de Linklater, Tape, puede verse como una película casi seminal en su obra, a pesar de haberlo realizado tan tardíamente. También como el cierre, sino de una etapa de su obra, sí de un camino de experimentación que tendrá su mejor resultado en Antes del atardecer. En Tape, Linklater lleva hasta los límites sus trabajos con el tiempo cinematográfico. Tres personajes encerrados en una habitación y un intento de rodar en completo tiempo real toda la acción. Rodada con cámara de video, lo que sucede en la habitación parece importar menos que la manera en que se muestra. Los diálogos y la presencia corporal de los actores hacen avanzar la acción mientras la cámara de Linklater se mueve a su alrededor. Hay tantos primeros planos como barridos de la cámara, moviéndose de un personaje a otro mientras conversan. En algún momento se tiene la sensación de que todo es más un juego fílmico antes que una narración, y en cierto modo así lo es. Quizá, incluso, se podría decir que Tape está concebida a modo de boceto de una idea, ver hasta dónde puede llegar un intento de plasmar el tiempo con precisión, ver qué relaciones se pueden establecer entre la realidad y la ficción, cuáles son los límites de la representación. Una vez más, surge esa mirada de Linklater que busca transmitir las emociones de los personajes de manera directa a través de proyectar la sensación de estar viviéndolos de manera real. Si películas como Slacker ya habían recuperado cierto sabor de la mejor tradición del cine independiente norteamericano, con Tape lo consigue en mayor medida. No es complicado, por ejemplo, y salvando las distancias oportunas, ver en su película un acercamiento al cine de John Cassavetes, al menos en una cierta esencia del mismo. Los planteamientos de base son diferentes, pero no así gran parte de los resultados.
Con Tape, así como con gran parte de su filmografía, Linklater hace que nos planteemos cuál es nuestra relación con el cine, con aquello que nos muestra. Al situar la acción en una delimitación temporal precisa donde se puede tener la sensación de estar ante algo que transcurre a tiempo real, el artificio del cine se pone en evidencia, pero también sus posibilidades. Linklater parece querer extremar éstas para llegar a saber hasta dónde se puede confiar en aquello que vemos, cuál es el poder que esconden las imágenes. Por fortuna, y a diferencia de otros autores que abrazan ideas similares pero a través de propuestas somnolientas y sólo dirigidas para cuatro avanzados, Linklater pretende transmitir sus inquietudes de una manera más abierta, dirigida a cualquier tipo de público. Algo así explica cómo es capaz en Tape de trabajar la improvisación de la acción, pues los diálogos en muchos casos fueron surgiendo según se rodaba, y conseguir mantener la atención de lo que sucede, incluso cuando apenas parece suceder nada más que unos personajes conversando. Hay un cierto suspense de ver qué sucederá, y eso es más que suficiente para mantener la atención mientras, a la par, se atiende a cómo Linklater va visualizándolo todo. Habría un casi perfecto equilibro a no ser porque en casi todas estos experimentos fílmicos se acaba poniendo en relieve demasiado el artificio que lo origina, da sentido y sustenta, y algo así acaba siendo perjudicial para un disfrute total. Pero como he dicho anteriormente, como esbozo de una idea Tape es una genialidad que, sin embargo, no suele ocupar casi nunca un lugar importante a la hora de hablar de películas que han intentando encontrar los límites del cinematógrafo.
5.- Experimentos (2): Waking Life – Una mirada en la oscuridad.
En el año 2001 Linklater realiza Tape y la película de animación Waking Life. Si mientras en la primera experimentaba con el tiempo y la acción, en la segunda lo hace con la imagen misma. Rodada con actores para después manipular la imagen y convertirla en animación, el resultado es una película extraña y estimulante al mismo tiempo. La película sigue a un joven en un día donde sueño y realidad acaban confundiéndose. Conformada a base de conversaciones que el propio joven va manteniendo a lo largo del día, su cuerpo acaba liberado de toda atadura gracias a la imaginación. No hay límites, o eso parece ser. Sin embargo, en momento alguno se tiene la sensación de haber dejado la llamada realidad de lado. En otras palabras, Linklater intenta trazar a través de la manipulación de la imagen real y su conversión en animación los límites de lo real y lo imaginado para colocar a ambos en un mismo espacio donde todo puede ocurrir. Si en películas anteriores como Slacker, Jóvenes desorientados o Suburbia los jóvenes intentaban romper con la realidad que les rodeaba, en Waking Life lo logra gracias a que libera al joven y le deja moverse con libertad, expresarse, convirtiendo sus sueños en realidad. Linklater utiliza la técnica no solamente para experimentar, sino también para dar un mayor sentido a la narración. La imagen real parece ser insuficiente para poder llevar a cabo su idea, de ahí que no tenga más remedio que manipularla. Linklater no sólo presenta una serie de cuestionamientos en cuanto a los límites de la representación sino también en cuanto a la relación con la realidad y la imaginación.
Lo anterior reaparece en Una mirada a la oscuridad. A partir de un relato de Philip K. Dick Linklater construye una película de ciencia ficción con los mismos recursos que en Waking Life, esto es, rodar con actores reales para después manipular la imagen y animarla. Sin embargo, el resultado, aunque en apariencia tenga un aspecto similar, es muy diferente. Aquí el procedimiento está puesto al servicio de una historia mucho más narrativa, algo que crea un cuestionamiento aún mayor pero, curiosamente, con menor repercusión. Una mirada a la oscuridad es una excelente película pero la animación, siempre en apariencia, parece más aleatoria. Sin embargo, si se tiene en cuenta el propio relato de la película, entonces, se entiende que también en este caso la técnica ha ido más allá para poder ayudar a la historia paranoica que plantea Dick y pone en imágenes Linklater. La violentación de la realidad de la ficción viene acompañada de una visualización que violenta a su vez la propia imagen real, poniendo entredicho la relación que se establece con la realidad desde varios puntos de vista. Parece como si para Linklater fuera más importante el saber acerca de la naturaleza de aquello que vemos y aquello que se representa. Resulta de agradecer que Linklater, a la hora de experimentar, lo haga, una vez más, sin dejar de lado que el cine es ante todo un vehículo para narrar una historia. De ahí que Una mirada en la oscuridad tenga todo para ser una película de ciencia ficción y para envolver al espectador en una historia magnífica sin caer en momento alguno en pensar que el director, como sucede a veces, está más interesado en sorprender con su virtuosismo o en hablarnos sobre el estado de la imagen en la actualidad o, simplemente, teorizar con imágenes, olvidándose que es posible hacerlo sin dejar de lado de que ante la pantalla hay un espectador que desea ver una película.
6.- El espacio y el tiempo: Antes del amanecer – Antes del atardecer
Casi diez años separan Antes del amanecer y Antes del atardecer. Dejando aparte que esa distancia temporal habrá sido ocasionada por muchos elementos, está claro que acaba jugando a favor de ambas películas, sobre todo de la segunda. Esos diez años quedan retratados en la escasa hora y media en que transcurre la película y, en teoría, la propia ficción que narra en un nuevo intento por parte de Linklater de crear una obra que transmita la sensación de estar transcurriendo a tiempo real. Si Antes del amanecer se organizaba de manera más normal, sin atender al tiempo de una manera tan precisa, en Antes del atardecer parece más necesario hacerlo. Cuando en la primera película se conocen Jesse y Celine el tiempo se agota según avanza la noche hasta crearse al final un cierto agobio al respecto al saber que deberán separarse. Sin embargo, en Antes del atardecer, el tiempo se ha agotado ya. Han pasado diez años y no han sabido nada el uno del otro. No pudieron verse como acordaron al terminar la película, algo que ya dejaba en el aire ese final con ambos separados, sabiendo que han vivido una noche única, quizá la noche de su vida. Cuando se reencuentran en una librería de París en la que Jesse presenta su libro, en el que, además, narra la historia de la primera película en una conexión entre realidad y ficción sumamente interesante, entonces, cuando ambos se ven tras casi una década, el tiempo que les queda es aún más apremiante. En esa hora y media que tienen para estar juntos antes de que Jesse tome un avión de regreso a Estados Unidos, deben recuperar el tiempo perdido. Al menos intentarlo, pues, ¿es posible recuperar diez años?
Linklater no sólo juega con el tiempo en Antes del atardecer al plantear un intento de hacer una película en aparente tiempo real sino también con esa separación temporal. Quien haya visto la primera película y la tenga en mente sentirá ese paso del tiempo; también en los rostros de los actores. Es como si documentara ese lapsus temporal, lo hiciera patente, casi tangible. Vamos sabiendo qué ha sucedió durante esos años gracias a las conversaciones que van aportando los detalles necesarios para poder completar esa sensación que Linklater desea transmitir. No, esos años no se pueden recuperar, pero sí transmitir qué ha supuesto tanto para Jesse como para Celine esa separación. Dónde está cada uno, qué ha sido de sus respectivas vidas. Y, a partir de ahí, al igual que ellos, plantearnos qué habría sucedido si el encuentro que habían previsto tras separarse en Viena se hubiera hecho realidad. A Linklater le interesa tanto el retratar el reencuentro, lo más tangible, como buscar en lo imposible, en aquello que podría haber sido y no fue.
Antes del amanecer posee un final tan abierto que se agradece, porque una vez más deja el tiempo en suspenso. Jesse no cogerá el avión seguramente. O puede que sí. Pero, ¿realmente importa? Linklater, con la complejidad de los actores, ambos geniales, y unos diálogos que, como en la primera película, envuelven al espectador, logra en apenas hora y media transmitir y proyectar un sinfín de ideas y sensaciones que van más allá de lo que muchos quisieron apreciar en su momento. Hay en ellas, sobre todo en la segunda, un claro experimentalismo formal que, sin embargo, no ahoga en momento alguno la historia, los sentimientos que hay en ellas. Pocas veces en el cine contemporáneo se ha podido sentir con tanta fuerza el paso del tiempo, lo que supone aquello que no se realizó. Quizá sea porque Linklater logra convertir dos personajes en algo más, en algo real. Y el espectador, entonces, tiene la sensación de esta ante algo que va más allá de una representación. Y puede mirarse en la pantalla y encontrar una relación con la realidad que hace de la obra de Linklater la más perfecta muestra de su estilo y su ideario fílmico.
7.- El díptico de la comedia: Escuela de Rock – Una pandilla de pelotas.
Una de las características de Linklater como director es su capacidad para rodar proyectos tanto personales como comerciales sin dejar en momento alguno de mostrar un estilo muy preciso. Si bien es cierto que pueden encontrarse diferencias, como es, sin ir más lejos, una tendencia menos experimental en sus películas más comerciales que en las personales, también es cierto que no pueden ningunearse ni verse como simples encargos o películas alimenticias. Hay, incluso al tratarse de comedias, seriedad a la hora de resolverlas y, ante todo, como en casi toda su obra, ese aire desinhibido que recorre toda su obra. Tanto Escuela de Rock como Una pandilla de pelotas, remake de la película de Michael Ritchie de 1976, poseen algo que las convierte en dos comedias diferentes sin dejar de lado en momento alguno la diversión que intentan proyectar en sus imágenes.
La primera, protagonizada por Jack Black en uno de sus papeles más soportables, plantea como la música rock puede ser un instrumento para la educación, incluso para la liberación hoy en día. Aunque está claro que la función corre a cargo de Black en el papel de músico semifracasado, también surgen interesantes ideas en tanto a la relación del mundo adulto con los jóvenes que no desentona para nada con los acercamientos anteriores por parte de Linklater a la juventud, siempre atendiéndola con respecto, como esa base de futuro. El tono alocado de Escuela de Rock puede ser una mala jugada para disfrutar y apreciar la película. Hay ligereza, pero también trasfondo. Linklater, una vez más, apuesta por un estilo directo y conciso. No hay nunca en él deseo de hacer patente la puesta en escena, algo que puede llevar, sobre todo en el caso de estas dos películas, a entenderlas como obras sin personalidad, cuando ésta se encuentra precisamente en ese deseo de atender más a lo que sucede en el encuadre que a mostrar cómo se ha encuadrado. Algo así despierta más que simpatía en una propuesta como Escuela de Rock, en la que unos niños de colegio de pago acaban convirtiéndose en estrellas de rock por mano de un profesor que parece no haber querido crecer y adaptarse a las normas de una sociedad que, en todo momento, le rodea con sus leyes y presupuestos. En el cine de Linklater, en general, suele haber esa mirada a una juventud que, o no quiere dejar de serlo, o que bien lo ha dejado de ser y se niega a aceptarlo, pero en ningún caso se muestra con recelo o moralismo, sino que siempre hay un intento de atender a los motivos, observar qué ocurre. Es posible que el propio Linklater se niegue a crecer y proyecte ese sentimiento en sus personajes, pero lo cierto es que el profesor interpretado por Black se alza como el adulto que podrían ser personajes anteriores de Linklater, haciendo acopio de una rebeldía que, al final, acaba saldándose con una gran victoria. La personal.
No es de extrañar que Antes del atardecer se encuentre entre Escuela de Rock y Una pandilla de pelotas. Aunque no tenga nada que ver con ellas en pretensiones y resultado, está claro que en las tres hay algo en común, algo que recorre sus historias. Sus personajes luchan, cada uno a su modo, por vencer al tiempo, o por recuperarlo, o, al menos, por hacer algo con el tiempo que les queda, que sea mucho o poco, siempre lo tienen por delante. En el caso de Una pandilla de pelotas se aprecia en el personaje del entrenador Buttermaker, interpretado por Billy Bob Thornton. Borracho y sin demasiadas ganas por hacer nada más que sobrevivir matando ratas, acepta entrar a un equipo de beisbol compuesto por unos jóvenes que apenas saben sostener el bate. Buttermaker, antiguo jugador de beisbol, acepta el encargo por dinero para, al final, convertirlo, como es de esperar, en algo más personal. Sí, al fin y al cabo, en las vidas norteamericanas parece que sí hay segundas oportunidades. En Una pandilla de pelotas aparece, a diferencia de la película que sirve de base, comentarios sociales más agudos, con un equipo de beisbol formado por varias etnias que, más que obedecer a lo políticamente correcto, muestra la diversidad de un país. También habla de las dificultades de esas etnias para encontrar su lugar y de las posibilidades que, a su vez, pueden tener. Una vez más, hay algo liviano en la película que, sin embargo, no niega las posibilidades de la historia.
8.- ¿Nuevos caminos?: Fast Food Nation.
Fast Food Nation es una suerte de híbrido entre las propuestas más personales de Linklater y las más comerciales, como si hubiera logrado encontrar un camino nuevo por el que transitar hasta ver dónde le lleva. Sin dejar de lado la imagen de cine independiente y arriesgado, comentario político incluido, Fast Food Nation desea llegar a un público más amplio sin dejar por ello de plantear las cuestiones que desea ni de mostrar un estilo sin concesiones. Hay un tono cómico que enlaza con sus dos anteriores películas, aunque en este caso todo está puesto al servicio de una idea mucho más arriesgada. Las pretensiones de la película no niegan el lado amable, aunque éste no niegue aquellas. Organizada a base de historias paralelas con una conexión entre ellas aunque no lleguen a unirse, es posible que esa variedad haga que Fast Food Nation no sea lo redonda que podría haber sido, sin embargo, eso no impide para que cada historia, esté más o menos trabajada, alcance aquello que quiere plantear, siempre buscando el lanzar una observación que genere preguntas antes que respuestas. Algo así, sin embargo, también hace de ella una película difícil de apreciar en su totalidad, quizá porque en momento alguno adopta ese tono populista tan extendido en ciertas películas de contenido social o político tan aplaudidas en la actualidad. Linklater muestra unas situaciones para que sea el espectador después quien saque sus conclusiones, se haga planteamientos ante lo que ha visto. De ahí que haya quien pueda creer ver algo de frialdad en la propuesta, también que Linklater se queda a medio camino de todo. Y es posible que no todo esté tan resuelto como debería, pero también lo es que creo que en momento alguno busca el cerrar todas las cuestiones ni trabajarlas del mismo modo.
En estos momentos Linklater trabaja en varias películas. Su obra aún está abierta y es más que seguro que habrá sorpresas en el futuro, como Boyhood, película que recupera una antigua idea de Stanley Kubrick al ir rodando cada año el crecimiento de un niño y cuyo estreno se espera en el año 2013. Una vez más, el paso del tiempo, el cine como medio para mostrarlo.


