Crítica

Los Angeles Plays Itself

Thom Andersen, 2003

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“Esta es la ciudad: Los Ángeles, California. Aquí se hacen película, Vivo aquí”.

La anterior frase abre el documental Los Angeles Plays Itself (2003) de Thom Andersen. La voz de Encke King, que acompañará las imágenes durante las casi tres horas que dura este excelente documental, nos introduce en él con un cierto sentido hipnótico, envolviendo a las imágenes. Él pone la voz, pero las palabras proceden de Thom Andersen, el realizador del documental, quien a continuación sentencia: “En ocasiones pienso que esto me da el derecho a criticar la manera en que las películas muestran mi ciudad”. Más directo, imposible. Andersen, desde el comienzo, señala ya que su visión sobre cómo las películas han ido dando una imagen de la ciudad de Los Ángeles o cómo la han retratado, viene acompañada de una visión crítica, aunque no exenta de humor. Sin embargo, con ello lo que también planteará es la limitación de la imagen y del cine, también la relación de ambos con la realidad. “La ciudad es grande. La imagen es pequeña”. ¿Es, entonces, imposible representar una ciudad en una película? Es la pregunta que parece organizar este documental, porque antes que una constatación, responde a una búsqueda, a un intento de ordenar, también de configurar una ciudad con las imágenes que han reproducido de alguna manera a Los Ángeles.

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“Las películas tienen una ventaja sobre nosotros. Pueden volar a través del aire. Nosotros debemos viajar por tierra. Ellas existen en el espacio. Nosotros vivimos y morimos en el tiempo”

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Pocas veces la voz en over de un documental ha tenido la importancia que tiene en Los Ángeles Plays Itself, de ahí que se puedan extraer frases y frases; no se trata tan sólo de acompañar a las imágenes, ni de explicarlas, sino de crear incluso un discurso alternativo a ellas. El propio Andersen parece querer, o necesitar, expresarse a través de esas palabras, comentar las imágenes y establecer sus ideas. Resulta extraordinario como un documental donde el material visual es tan importante la palabra se alce también como esencial, algo que viene a señalar que quizá no siempre el poder de la imagen es suficiente. Del mismo modo, pone de relieve que los pensamientos de Andersen sobre la representación de la ciudad de Los Angeles no sólo pueden venir expresados a través de la palabra, sino que necesitan de las imágenes a las que hace referencia. La propuesta, muy godardiana en esencia, que no en resultado, deja patente que aún la imagen no puede desprenderse del todo de la palabra y que incluso no le resta importancia o validez, sino que se la amplía.

El narrador acompaña a las imágenes; pero también las contesta. Sus palabras, en ocasiones, se alejan de la mera explicación de aquello que vemos y hablan sobre esas imágenes en tanto a su validez como representación de Los Ángeles, ciudad que poco a poco va tomando una corporeidad que, sin embargo, no se corresponde con la imagen que el propio Andersen da, esto es, la de una ciudad tan extremadamente compleja a pesar, o quizá por ello mismo, de estar compuesta por retazos de calles y barrios en apariencia inconexos pero que acaban conformando en su irregularidad y contraste la propia fisonomía de la ciudad. Andersen entiende su ciudad como un lugar poliédrico, de ahí que cualquier representación resulte, sobre papel, insuficiente. Su posicionamiento puede resultar excesivo si se tiene en cuenta que cada película rodada en Los Ángeles atenderá a una localización precisa, algo que imposibilita un retrato más amplio de la ciudad. Sin embargo, resulta menos excesivo si se atiende a que su mirada en verdad es más amplia y va más allá, adentrándose en las propias limitaciones del cine para ser un retrato de la realidad, algo que ya su propia naturaleza, en tanto a representación, le niega.

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Uno de los componentes más llamativos de Los Angeles Play Itself es como se aleja de la cinefilia a pesar de estar hablando de la ciudad del cine por excelencia a través de imágenes extraídas de cientos de películas. Es más, podría decirse que incluso hay un tono beligerante ante una cinefilia que hace del cine una verdad demasiado absoluta, asumiendo que aquello que acontece en la pantalla es poco menos que la realidad sin pararse a pensar en que lo que se ve no es más que una representación que ha pasado por muchos cauces y que nace de una mirada más o menos personal. Sin embargo, Andersen no deja de lado algo que está menos presente en la cinefilia (tanto la más tradicional como la más supuestamente contemporánea), y es que aquello que se ve en la pantalla tiene una estrecha relación con el mundo en que vivimos y con nosotros mismos y no es simplemente un campo abierto a la teorización o a la asimilación de las imágenes como verdades casi absolutas. Que el cine haya dado una imagen de la ciudad de Los Angeles tan desvirtuada en muchos sentidos y en otras tan precisas, como intenta desde su postura personal demostrar Andersen, pone de relieve que a lo largo de los años nos hemos ido acostumbrado a unas representaciones muy concretas, ejemplificadas en una ciudad pero que podría extrapoliarse a otros aspectos de la vida. El cine ha generado, para bien y para mal, una iconografía tan cerrada en muchos casos como lo hiciera la pintura en el pasado, creando tipos reconocibles que sirven para que el espectador no se cuestione demasiado y asuma aquello que ve de manera mucho más sencilla. Esto facilita las cosas a muchos cineastas, quienes a penas deben de pensar en la manera en que representan algo, dejando que la tradición visual sea quien imponga las formas más convencionales y precisas. Esto es quizá lo que más ataca Andersen, consciente de que el poder del cine y de la imagen en general es tan grande que debe de matizarse lo más posible.

El cineasta nos coloca ante una disyuntiva en todo momento, la relación que hemos mantenido con la representación de una ciudad a lo largo de la historia del cine. Entonces, debemos de asumir que nuestra mirada, en efecto, se ha ido acomodando y que incluso en películas donde la representación adquiría unas formas diferentes, apenas éramos capaces de encontrar la diferencia, acostumbrados ya a una iconografía muy precisa. De ahí se puede derivar que nuestra mirada ande un tanto confusa y que hayamos dado demasiada importancia a lo que vemos antes que a lo que nos debería sugerir lo que vemos. Nuestra relación con la imagen debería de alzarse por encima de muchos cuestionamientos teóricos que no hacen sino nublar una realidad, y es que el cine y aquello que se ve en su interior nos coloca en el mundo de una manera muy precisa y nos relaciona con los demás sin tener en momento alguno que sentarse a hablar sobre lo que se ha visto. Sin haber estado en Los Ángeles sentimos de alguna manera que hemos estado, aunque haya sido a través de un trasvase visual durante años que ha ido creando una imagen de la ciudad muy reconocible, como puede ser la de Nueva York o, recientemente para muchos, de países asiáticos de los que se habla con una naturalidad y cotidianidad asombrosa sobre su realidad. La propia proliferación de imágenes por Internet y la posibilidad de acceder a un sinfín de películas que antes apenas habrían sido vistas, ha creado una sensación de estar en contacto con cualquier tipo de cultura y, lo que es más curioso, saber de ellas como si se hubiera convivido durante toda la vida. Algo así sucede con la ciudad de Los Angeles para Andersen, quien asume que los propios cineastas le han dotado de una fisonomía muy concreta para que cualquier espectador en el mundo se sienta cercano a ella al ver una película. Sin embargo, no deja de ser un acercamiento ilusorio, en ocasiones con poca relación con la realidad, como Andersen demuestra al introducirse en películas que han mostrado una ciudad mucho menos conocida pero tan real como la más conocida, dejando claro que siempre el cine será, por naturaleza, un medio reducido de hacer llegar una realidad.

Israel Paredes BadíaTodos sus textos en Tren de sombras

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