Camboya: una herida que no cicatrizará
Rithy Panh, 1999. Traducción de Ricardo Feliu
Fuente original: Panh, Rithy (1999) Cambodia: a wound that will not heal, Unesco Courier (www.unesco.org/courier/1999_12/uk/dossier/txt07.htm
Traducción: Ricardo Feliu
Dejé Camboya cuando tenía quince años con una herida espiritual que sabía que nunca se cerraría. Había sobrevivido al terrible genocidio de los Jemeres Rojos, que asesinaron a un cuarto de la población del país. No entendí como semejante masacre había sido posible y hasta hoy en día se me hace difícil entenderlo.
Tan pronto como alcance el campo en Mairut, en Tailandia, dejé de temer por mi vida aunque sentía una profunda tristeza en tanto que no podía haber sido feliz. Sentía que dejaba atrás toda mi vida, que ésta pertenecía a esos años de lucha por la supervivencia. Quería olvidar. Ir a cualquier lugar en donde no tuviera memoria y recuerdos, donde nadie pudiera saber por lo que había pasado. Había visto y escuchado el sufrimiento de mis familiares. Nuestra familia había sido deportada desde Phnom Penh a Chrey, un pueblo en medio de ninguna parte. Uno de mis hermanos fue devuelto a mis parientes, física y psicológicamente exhausto después que construir diques y excavar canales. Poco después mi padre murió. Fue un hijo de un campesino que había llegado a ser un profesor e inspector de la escuela primaria. Decidió dejar de comer. Eligió morir como un acto de rebelión, como un último acto de libertad. Entonces, uno tras otro, mi madre, mis hermanos y mis sobrinos murieron de hambre o de agotamiento.
La culpabilidad del superviviente
No deseaba hablar sobre nada de esto. Había hecho de esto una parte de mi mismo y llegó a ser el principal motivo de mi supervivencia. Cuando estaba viviendo como exiliado en Francia, hubo un largo periodo que rehusé hablar mi lengua nativa y rechace cualquier vínculo con Camboya. Había sido desarraigado y de alguna manera me sentía incompleto, siempre inquieto, dividido entre olvidar y recordar, entre el pasado y el presente. Viví con la memoria de mis familiares, con la ansiedad (la certeza) de que la historia de la tragedia pudiera repetirse. Como si hubiera sido marcado con un hierro candente, se me grabó dentro de mi que el mundo era un lugar donde hay mucha indiferencia, hipocresía y con escasa compasión.
Cuando sales de una guerra, no estás del todo seguro de haber dejado atrás la violencia. Estás encerrado en una cultura de la supervivencia. Y cuando has sobrevivido a un genocidio, siempre te sientes culpable de ser un superviviente. Cuando el escrito italiano Primo Levi regresó de los campos de la muerte nazis, dijo que “sientes que otros han muerto en tu lugar, que estamos vivos por un privilegio que no hemos merecido, por una injusticia cometida a los muertos. No es correcto estar vivo sino sentirlo.” Mucho después, aprendí hablar y aceptar lo que me había ocurrido. Entonces descubrí mis memorias, mi habilidad para imaginar, reír, soñar, reconstruir mi vida. En Camboya, se dice que las personas que han perdido la vida por una muerte violenta no pueden reencarnarse, que las almas de los muertos que no han tenido un funeral religioso y han sido enterradas vagan por el mundo para siempre, molestando a los vivos. Hay huesos por todos los lugares en el campo y los encuentran siempre que las personas inician la construcción de un edificio.
Una máquina para destruir la memoria
Si no puedes entristecerte, la violencia continúa. La madre camboyana de una familia modelo, bien integrados en Francia, cortó la cabeza de sus hijos tal como los Jemeres Rojos habían asesinado a su padre. Casos similares han ocurrido en Camboya. El Preah Sihanouk Hospital en Phnom Penh es el único departamento que ofrece tratamiento psiquiátrico para enfermos de todo el país. Alguna vez hay 250 de ellos esperando en el pasillo. Solo tenemos que ver cuantos depresivos e indigentes hay para darse cuenta de que algo se debe hacer.
Hay una gran herida colectiva. Lo terrible de las guerras pasadas y del genocidio camboyano no es solo los millones de muertos, las viudas, los huérfanos, los amputados, los depresivos, sino también nuestra identidad hecha añicos, las ruinas de nuestra cohesión social.
La primera decisión política de los Jemeres Rojos, después de obtener el poder el 17 de abril de 1975, fue indescriptiblemente violenta. Vaciaron las ciudades y hospitales, cerraron escuelas, abolieron el dinero, deportaron a las personas en masas a lo largo del país, sacaron de sus conventos a los monjes y saquearon las casas antiguas. Decían que “absolutamente todo pertenece al Angkar (el partido comunista). Si el partido te dice hacer cualquier cosa, lo debes hacer”. Las personas se vistieron de negro, cambiando el modo de hablar, usando ciertas palabras y excluyendo otras de su vocabulario. Fueron prohibidos el cantar, bailar, rezar y hablar con otras personas. Mi padre, que había invertido toda su vida tratando mejorar la educación pública en Camboya, estuvo particularmente muy preocupado sobre la decisión de prohibir dar clase. “La pala es tu bolígrafo, los arrozales tu papel”, fue el mensaje que llegó a casa desde Angkar.
Todas las clases sociales fueron afectadas en diferentes grados por las deportaciones en masa al campo, los trabajos forzosos, las ejecuciones sumarias y las hambrunas. Paradójicamente, todos estos sacrificios absurdos fueron realizados apelando a la restauración de la gloria de la era de Angkor. Todas las raíces de nuestra cultura e identidad, las relaciones sociales básicas y los vínculos simbólicos que unían a los camboyanos a su mundo fueron metódica y deliberadamente atacados y destruidos.
Un gran parte de los centros de detención fueron montados en pagodas, lugares de oración y compasión, o en escuelas, lugares del conocimiento. Angkar fue una máquina para destruir la identidad y limpiarla de la memoria. Antes de ejecutar a sus víctimas, los asesinos les torturaban y les hacían escribir cientos de páginas con falsas confesiones dictadas por los oficiales de los Jemeres Rojos. Después eran forzados a denunciar a sus familias y amigos para luego ser ejecutados. Según el Angkar “no perdemos nada eliminándole. Es mejor detener erróneamente a cualquiera que dejar ir erróneamente a cualquiera”.
A día de hoy solo uno de los verdugos del Campo S-21, en Toul Sleng (uno de los principales centro de tortura de Pol Pot) expresa su “arrepentimiento” pero no se siente culpable. El destruyó no-personas, gente que los Jemeres Rojos habían despojado de toda su humanidad.
Este genocidio fue “silenciado”. Los Jemeres Rojos impusieron un reino de terror, y muchas de las ejecuciones fueron llevadas a cabo sin testigos y en silencio. El mundo dejo que los camboyanos muriesen sin prestar atención a lo que estaba ocurriendo. No fueron muchos los que denunciaron la masacre.
Cuando llegue a Francia en 1979, me dejó atónito encontrar que los Jemeres Rojos todavía ocupaban el sillón de Camboya en las Naciones Unidas. Unos pocos años más tarde, consideré que la ausencia de la palabra “genocidio” en los acuerdos de paz de Paris era un rechazo a que los supervivientes recordasen, como un insulto a la dignidad de las víctimas.
Regresé a Camboya en 1990 después de 11 años en el exilio. Buscaba encontrar a los supervivientes de mi familia y recuperar los restos de los muertos para darles un entierro digno, para que sus almas pudieran dejar de vagar por la tierra y pudieran reencarnarse en el ciclo de la vida y la muerte. Buscaba al menos confirmar los que habían muerto, para poder llorarlos como se merecían. Fui al campo de Tuol Sleng, que había sido transformado en un “museo del genocidio”. Trataba de encontrar una foto de mi tío entre los cientos de fotografías de los muertos colgadas en los muros. Sin embargo no pude entrar. Regresé en 1991 para filmar a los pocos supervivientes del campo (solo siete de las aproximadamente 15.000 personas que pasaron por ahí). Buscaba comprender la banalización del mal y la maquinaria de deshumanización de los Jemeres Rojos pero tenemos miedo del pasado reciente. Los camboyanos que se han atrevido a hablar sobre ello están divididos. Algunos piensan que deberíamos olvidar y mirar hacia el futuro, que no vale la pena imponernos otra dura prueba tratando de recordar y hurgar en las viejas heridas. Tienen miedo a que si los juicios se celebran, revivirán serios enfrentamientos políticos, lo que podría dar lugar a otra guerra civil. Otros generalizan sobre los camboyanos y dicen que gran parte de ellos son “fatalistas” y aceptan una historia de guerra y genocidio como su “karma”.
Estos argumentos fueron cuestionados por un campesino de treinta años llamado Torng, que fue uno de las muchas personas con las que hable mientras estaba filmando. “Los jemenes rojos no solo asesinaban a las personas. Volvieron a nuestra generación unos ignorantes, animales, idiotas, que no sabían donde estaban yendo. No estudiamos. Todo lo que conocemos es como usar nuestra fuerza física. Por tanto solo podemos obtener trabajos de campesinos u obreros. Los Jemenes Rojos deberían ser llevados a juicio. De lo contrario, las personas como yo estaremos tentados de vengarnos”.
Creo, con otros, que deberíamos afrontar nuestra historia ya que nuestros familiares y amigos no murieron en vano. El duelo no será posible a menos que se establezcan las responsabilidades morales y políticas del genocidio camboyano. Un juicio a los Jemenes Rojos, ante el pueblo camboyano, es absolutamente esencial. Tenemos que dar un significado a las ideas básicas de ley y justicia en este país. En una sociedad democrática, ningún crimen debe quedan sin castigo.
Debemos dar a nuestra memoria un juicio justo y digno con el objetivo de comprender el pasado. Me da igual la sentencia. Solo la verdad puede liberarnos (toda la verdad, aunque ésta sea horrible). El otro punto del juicio, igualmente importante, sería restaurar nuestra identidad. Los Jemeres Rojos han sumergido generaciones de camboyanos dentro del círculo vicioso de la pérdida cultural. No son muchos los camboyanos que hablan a sus hijos sobre el genocidio, que está en una esquina borrosa de nuestra memoria. Sin embargo no podemos construir nuestro futuro a través del olvido. Los supervivientes deben relatar sus historias y asegurar que la memoria de lo que ocurrió sea transmitida desde el pasado hacia el presente. Tenemos una deuda con los muertos y una obligación con nuestros hijos.
No podremos ser capaces de eliminar estos treinta años de cultura de la violencia, expulsar el monstruo que nos atemoriza y superar la culpa colectiva que sentimos como supervivientes a menos que logremos comprender nuestra historia.


