Prólogo
Tomemos Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson, esa película en la que se reúnen el cine de Eric von Stroheim y el de Terrence Malick para confluir en una manera renovada de mirar, desde la tradición, hacia las nuevas formas de lo épico y lo grotesco. O quizá Zodiac, que pone al día el psychokiller para decir que en realidad siempre fue un enigma sin solución. O bien Inland Empire, de David Lynch, en la que la circulación de los sentidos revela que nunca habrá un solo sentido, que sólo los mundos paralelos del significado tienen alguna posibilidad en la hermenéutica de la globalización. O, en fin, El incidente, la última película de M. Night Shyamalan, lo que se dice una verdadera trampa para cinéfilos de la vieja escuela, pues he ahí una falsa serie B que incluye su propio comentario irónico para revelar cíclicamente la cara oculta de la luna, el retrato colectivo de un grupo de muertos en vida que pretenden sobrevivir en el nuevo universo audiovisual. Todas estas películas pertenecen a la última hornada del cine americano fabricado en Hollywood. Todas estas películas hablan de la tradición y la actualidad, de lo que se puede hacer con aquello que el cine clásico ha legado a la contemporaneidad. Y todas ellas llegan a la conclusión de que mientras la modernidad contempló melancólicamente el cine clásico como una casa de citas, en todos los sentidos de la expresión, el cine contemporáneo prefiere verlo como el lugar de lo siniestro, allá donde las imágenes revelan su lado más oscuro, su condición de sombras que nunca dejarán de atormentarnos.
De ahí las constantes revisiones que se llevan a cabo en el seno del cine norteamericano, sin descanso, como si nunca pudieran salir de ese círculo. Pero también de ahí su belleza y su capacidad de renovación, de exhibir los cadáveres como si fueran cuerpos jóvenes. El cine clásico es un fantasma, de eso no hay duda. Pero el cine contemporáneo no es más que su reflejo en un cristal oscuro, y de esas siluetas confusas surge su inacabable fascinación. Aquí se hablará de King Vidor y Richard Linklater, pero también podríamos hacerlo de Leo McCarey y Judd Appatow, o de John Ford y el propio Shyamalan, o de Fritz Lang y Fincher… Como todo en la historia de eso que llamamos “cine”, como en los pasillos intrincados de Inland Empire –y de ahí su condición de obra clave--, el sentido de los flujos de herencias y filiaciones no se produce de una manera progresiva, ni mucho menos cronológica, de modo que sólo importa la experiencia del espectador. Y si hace más de treinta años me encontré a mí mismo preguntándome de qué manera podía haber influido Tiburón, de Steven Spielberg, en Eldorado, de Howard Hawks, ahora mismo me veo inquieto por las posibles reminiscencias de El incidente en They Were Expendable. He dicho la historia del cine, pero hay que dejar claro que aún más la historia del cine americano: como demuestra La dalia negra, de Brian de Palma, otro gran mausoleo del cine construido por la ficción contemporánea, en el caso de Hollywood las capas se superponen sin desalojar ni un solo estrato, sin que los muertos emerjan a la superficie, quizá porque ese lugar sin tiempo es el único capaz de albergar toda la memoria de un mundo que ahora empieza a desbordarse.
Notas
- Sin firma. Presenta el especial Vidor/Linklater.


