Crítica · Dossier Naomi Kawase
Shara
Naomi Kawase, 2003

1. Invisible
«Y lo que había quedado en ella no era la existencia sino la ausencia. No era el calor de la vida, sino la quietud del recuerdo». |
| Haruki
Murakami Sputnik, mi amor |
Shara habita en el terreno de lo invisible. Lo que puede parecer una afirmación arriesgada pues el cine pertenece a las artes de lo visible, quizá no lo sea tanto si se tiene en cuenta que las principales armas del cineasta son sustractivas: el montaje (y la elipsis), el encuadre (y el fuera de campo), el sonido (y el silencio). Y Naomi Kawase se sirve de ellas con maestría. Tras un escueto título en blanco sobre negro, la cámara de Shara se despierta en una habitación oscura atestada de objetos surgiendo del negro en un lento fundido, mientras escudriña la estancia buscando una salida, con cierta pereza, como si le costara despertar; quizá por ello Kawase ralentiza estas primeras imágenes. Al mismo tiempo, comienza a pecibirse un lejano martilleo, que será un motivo sonoro recurrente lo largo de todo el filme, sin que podamos intuir todavía qué lo provoca y unas voces infantiles irrumpen desde el exterior de la estancia y del encuadre, como si no pertenecieran a este tiempo enfangado y somnoliento en el que hemos despertado. La cámara es, más que nunca, la mirada de los espectadores mientras avanza, curiosa y desorientada, como si, al igual que nosotros, fuese la primera vez que posa su mirada en lo que le (nos) rodea.
Una vez en el patio, descubrimos a los dueños de aquellas voces, dos niños gemelos, y es entonces cuando todo comienza. Repentinamente, la banda de sonido enmudece y Kei grita el nombre de su hermano, —¡Shun!, echando a correr perseguido por éste y por nosotros en un travelling fastuoso que nos lleva por un pasillo angosto y más habitaciones oscuras hasta las ardientes calles de Nara, la ciudad natal y cinematográfica de Kawase, en una carrera jovial sin rumbo aparente en la que los niños juegan con los adornos de las casas, engalanadas para el Festival Basara que se celebra cada verano, y se persiguen hasta que, al volver una esquina, Kei se desvanece repentinamente en el aire. Esta desaparición —la presencia constante de su ausencia— se adueñará por completo de todo el filme en una maniobra en la que reverberan ecos de L’avventura (1960). Y al igual que en la película de Antonioni, la escenificación de la desaparición tiene lugar fuera de campo por lo que, al verse privada de su representación, hasta la propia desaparición se diluye en lo invisible. Antonioni y Kawase filman la desaparición de una desaparición, por así decirlo. Y en ese momento, nosotros, desarmados por la euforia de la carrera anterior, asistimos perplejos a la perplejidad de Shun, a su miedo quebrado y fino mientras busca a su hermano y una repentina ráfaga de aire le (nos) asalta y recuerda que aún seguimos aquí, en las calles de Nara, la antigua capital de Japón.

En este deslumbrante prólogo ya se hace palpable el promiscuo diálogo que Shara establece con lo invisible. En él, como en el resto del filme, lo visible y lo invisible se entremezclan, pero será lo invisible —lo sugerido, aquello que no vemos pero sabemos que está ahí— lo que convierta a esta película en una experiencia germinal. Un largo fundido a negro, que funciona en sentido inverso al que abre la película, cierra el prólogo y tras él el tiempo de la historia ha avanzado cinco años, pero para la familia Aso se ha quedado estancado en el día de la desaparición de Kei (irónicamente, el de la festividad del dios Jizo, protector de los niños). Shun está ahora trabajando en un retrato a tamaño real de su hermano desaparecido y comparte una torpe atracción con Yu, una vieja amiga de la infancia; la madre de ésta, Shouku, esconde un secreto que afecta directamente al pasado y al futuro de Yu; Reiko, la madre de Shun y Kei interpretada por la propia Naomi Kawase, está embarazada y ocupa su tiempo trabajando en el jardín; Taku, el padre, es un artesano que elabora tinta china según métodos tradicionales, y que durante la época de estío se ve obligado a detener su actividad, que sólo puede realizarse en condiciones de bajas temperatura y humedad, por lo que vuelca todos sus esfuerzos en la organización del desfile del Festival Basara.
Detrás de esta aparente normalidad y de su atención por tareas cotidianas se contiene todo el caudal de dolor que la desaparición de Kei ha apresado y estancado, porque lo realmente insoportable en toda desaparición es el estado perenne de dolor suspendido que sólo puede terminar —o empezar a hacerlo— cuando la persona desaparecida es encontrada al fin, viva o muerta. Es necesario, por tanto, que esa indeterminación termine para que se pueda producir un cambio. Y esto sucede en un determinado momento del filme, cuando un policia le comunica a Taku el hallazgo de los restos de Kei. Con un conmovedor pudor, Kawase elige que la conversación tenga lugar, una vez más, fuera de campo. La cámara se centra en Shun que, desde el piso superior, la escucha al mismo tiempo que nosotros: de nuevo, la película parece irse construyendo para el espectador sobre la marcha, como ya ocurría en el prólogo. Por supuesto, el hallazgo de Kei nunca volverá a mencionarse, los restos de su cuerpo (y toda su historia) son dejados intencionadamente fuera del filme. Con decisiones como esta, Kawase sustituye el énfasis por el asombro en un relato transgredido que difumina sus límites tradicionales al comenzar con una muerte y terminar, como veremos, con un nacimiento.
Según la acertada definición Eduardo
Rojas(1), Shara es un jardín recorrido
por senderos bifurcados, pero ha de verse también
como un río. Shara no sólo
florece, también fluye en un caudal guadianesco
de puesta en escena y descubrimientos maravillosos
que unas veces se deja ver y otras no, al igual
que las mejores películas de Mikio Naruse.
Kawase hunde sus manos en la tradición del shomingeki (dramas
de gente corriente) y rescata la memoria del director
de Nubes flotantes (Ukigumo.
1955) y Nubes dispersas (Midaregumo.
1967). Para Akira Kurosawa, el método de
Naruse consistía en «apoyar cada
breve toma en la anterior, de modo que cuando las
veías todas consecutivas en la película
montada daban la impresión de una sóla
toma larga. Fluyen tan magníficamente que
los empalmes son invisibles. Este fluido de tomas
cortas que parece calmado y normal a primera vista
acaba revelándose como un río profundo
con una tranquila superficie que oculta una violenta
corriente de fondo»(2).
Los estilos de
Naruse y Kawase son, evidentemente, muy diferentes
pero la violenta corriente subterránea
que Kurosawa apreciaba en Naruse se encuentra presente
también en Shara. Kawase, al contrario
que Naruse, prefiere las tomas largas cámara
en mano y su estilo se orienta hacia el plano-secuencia,
aunque se trate más de un punto de partida
que de una ley inquebrantable, pues Kawase no renuncia
al corte en el interior de la escena. Muchas se
resuelven en un solo plano pero otras, como el
desfile Basara sobre el que volveremos, se construyen
mediante planos similares entre sí montados
en corte directo con un raccord sólo
en apariencia descuidado, lo que provoca la sensación
de presenciar una única toma sin cortes.
El uso de la cámara en mano —muy
alejada de los parkinsonianos desvaríos
de otros cineastas— es absolutamente consecuente
no sólo con la historia narrada sino también
con el punto de vista elegido, atento a la captura
la inestabilidad de lo vivido y su fluir constante.
Para su manejo Kawase eligió a Yukata Yamasaki —habitual
de Hirozaku Kore-eda— que había realizado
previamente varios documentales para televisión.
El devenir inestable de su cámara autógena
(ese irse construyendo poco a poco que se ya ha
mencionado) contribuye al aroma de “captura” de
lo real característico del cine documental
tan presente en Shara. La cámara
fluye sin límitaciones temporales ni espaciales —y
qué mejor demostración que su vuelo
final sobre los tejados de Nara— trazando
su propio recorrido con aparente libertad, anticipando
los movimientos de los personajes y siendo capaz
de esperar, lúcida y expectante, a que hagan
sus respectivas entradas y salidas de campo. Con
este coqueteo constante entre lo invisible y lo
visible, Kawase logra expandir el espacio escénico —incluido
el que Noël Burch llamaba “el espacio
detrás del decorado”— configurando
una potente dialéctica entre lo que se encuentra
dentro y fuera de campo.
Este impulso de exploración
de los cuerpos y el espacio está presente
también
en las escenas donde los personajes se desplazan —como
el paseo en bicicleta de Shun y Yu al volver de
la escuela, la carrera de ambos antes del parto
de Reiko o la persecución de los dos hermanos
durante el prólogo—, largas escenas
donde la cámara corre pareja a los cuerpos
en movimiento manteniendo una distancia más
o menos invariable respecto a ellos aunque, a veces,
decide rezagarse durante unos instantes, o moverse
a su alrededor, escrutando las distancias, incluso
perdiendo de vista a los personajes al doblar alguna
esquina. Estas soluciones formales comparten una
cierta inspiración expectante con el cine
de Hou Hsiao-hsien, como, por ejemplo, el paseo
en moto del trío protagonista cerca del
final de Goodbye South, goodbye ( Nan
guo zai jian nan guo, 1996 ), o a la
escena de apertura de Millenium Mambo (Qianxi
manbo, 2001), otro travelling ralentizado
y triunfal como el que abre Shara.

El sonido es la otra parte esencial de la poética de lo in/visible que maneja la directora de Nara, un sonido que en muchas ocasiones se encuentra en un ninguna parte sonoro —otra forma más de fuera de campo— como en el caso del rítmico martilleo que recorre el filme, no siempre con justificación diegética, y que crea un continuum sonoro que relaciona la desaparición de Kei, también durante el festival Basara cinco años atrás, y las situaciones personales de los personajes en el momento presente de la historia(3). El sonido se convierte así en una presencia abstracta sin referente concreto en las imágenes, que expande su significación hacia terrenos sugeridos o ya visitados como ocurre en la escena en que Shun sale de su casa y vaga por los alrededores mientras diálogos ya escuchados llenan en off la banda de sonido, entremezclándose con el martilleo incesante, hasta que se detiene en el lugar donde, cinco años atrás, desapareció su hermano.
Este uso de la cámara, el sonido y el espacio
acerca a Kawase a otro realizador japonés,
Nobuhiro Suwa y su grandiosa M/Other (1999)
(como dato curioso, Masami Inomoto, el director
de fotografía de ésta lo es también
de Hotaru [2000] de Kawase) si bien Suwa opta abiertamente
por el plano-secuencia y su apuesta es aún
más extrema y cercana al cine experimental
al que, por otro lado, tampoco es ajena la propia
Kawase. Además de Suwa, la directora de
Nara comparte generación —y hasta
productor en algunas ocasiones— con otros
autores del novísimo cine japonés
como Shinji Aoyama(4) o el ya citado Hirozaku Kore-eda,
cineastas todos ellos completamente desconocidos
en occidente fuera del reducido círculo
de los festivales y que, desde ya, merecen una
mayor atención. Shara, por ejemplo,
fue estrenada internacionalmente en el Festival
de Cannes 2003, pasando bastante desapercibida
para todo el mundo menos para Cahiers du cinéma;
ese mismo año recaló en el Festival
Internacional de Cine de Toronto y posteriormente
se pasó en el BAFICI 2004 (Buenos Aires
Festival Internacional de Cine Independiente),
donde causó sensación en la redacción
de la revista argentina El amante; en
España sólo se ha proyectado en el
BAFF 2004 (Festival de Cine asiático de
Barcelona), consiguiendo el Premio del Jurado.
Un periplo ciertamente insuficiente para una película
tan importante, convertida en la enésima
muestra de cine invisible gracias a la
cochambre intelectual de la distribución
y el aletargado público que se acerca a
las multisalas. Pero el maltratado cinéfilo
contemporáneo ha aprendido a obrar en consecuencia,
dirigiendo su ávida mirada hacia los libres
pastos de internet, la auténtica y democrática
filmoteca de nuestros días.
2. Visible.
| «Pero puede suceder que, de pronto, inesperadamente, y con mucha frecuencia en la media luz de las miradas furtivas, columbremos otro orden visible que se cruza con el nuestro y que no tiene nada que ver con él». |
| John
Berger El tamaño de una bolsa |
Kawase se permite también pequeños
(o deslumbrantes) destellos de visibilidad. De
hecho, todo el filme puede entenderse como el tránsito
desde la “oscuridad” hacia la “luz” —Taku
escribe para Shun y Reiko estos dos kanji con
la tinta china que él mismo elabora— y,
durante parte de ese trayecto, lo invisible ha
de convivir necesariamente con lo visible, en ese
limbo a media luz que hemos dado en llamar lo in/visible.
Todos los personajes avanzan por ese camino en
solitario aunque, a la par que individuos, también
son piezas de mecanismos complejos —familia
y comunidad son dos conceptos fundamentales para
Kawase— que han de ser reajustadas conjuntamente
para que todo pueda seguir funcionando. Y este
reajuste se produce en forma de sucesivas ceremonias
grupales en las que la familia Asopurga
todo el dolor acumulado en esos cinco años
de indeterminación. Como la que sobreviene
tras el hallazgo de los restos de Kei. El impulso
protector de Taku —obsesionado con no dejar
que Shun huya de casa sin afrontar la dolorosa
realidad— se convierte en presa inmovilizadora
(quizá pensando en su otro hijo al que no
pudo retener a su lado en el pasado), un abrazo
violento que finalmente parece calmar a Shun; el
que poco después éste se acerque a
Taku por primera vez en el filme y se decida enseñarle
el retrato de Kei así parece afirmarlo.
A
través de este retrato en el que ha estado
trabajando largo tiempo, Shun busca alejar a su
hermano desaparecido del olvido —la más
dolorosa invisibilidad— otorgándole
un rostro, pero en ese lienzo también se
encierra una búsqueda identitaria de sus
propias facciones, un proceso de autoafirmación:
ante ese rostro imaginado que es el suyo propio,
Shun no sólo contempla el rostro de su hermano
tal cual hubiera sido cinco años después
de su desaparición, sino que observa su
propio reflejo como si, finalmente, su hermano
y él se convirtieran en un único
ser, una sensación añorada que acompaña
toda la vida a los hermanos gemelos y que, con
la desaparición de Kei, le fue bruscamente
arrebatada.
Shun ha encontrado en estos años
un cuerpo sustitutivo para el hueco dejado por
su hermano; se trata de Yu, una vieja amiga de
la infancia con ánimo de amar, aunque sus
inocentes y conmovedoras tentativas sensuales no
se materialicen más allá de un furtivo
beso en —dónde
si no— un jardín. Una cierta melancolía
acompaña a la adorable, dulce Yu, una melancolía
indefinida y sin causa aparente pero cuyo origen
descubriremos —de nuevo al mismo tiempo que
el propio personaje— en una zona de sombra
de su pasado hasta entonces oculta. En esa hermosa
escena —otro travelling calmado
y sin concesiones por las estrechas callejuelas
de Nara al atardecer— Shouko le descubre
a Yu que no es su verdadera madre, pero lo hace
resguardando sus palabras en el envoltorio mítico
del cuento, —“Hace mucho tiempo
en un lugar muy lejano vivía una jovencita
con su hermano mayor…”, poniendo
en tercera persona una revelación que de
otra manera hubiera resultado menos soportable.
Nuevamente, lo enfático es dejado fuera
de Shara.

Tanto Shun y Yu —al fin y al cabo, todavía
dos adolescentes— como el resto de los integrantes
de la familia Aso han iniciado el reajuste, podemos
percibirlo, pero será en un par de secuencias
decisivas donde “otro orden” se haga
finalmente visible. La primera de ellas es el desfile
del festival Basara: Taku y Shun forman parte del
dispositivo de seguridad conteniendo a la gente
que observa el avance del río multicolor
de las compañías de danza; Reiko
y Shouko se han acercado a presenciar el desfile
y se mezclan con la multitud; Yu baila al frente
de una de las compañías y serán
su cuerpo cimbreante y su mirada desafiante los
que gobiernen esta escena de pura celebración
extática, de fisicidad húmeda y desbordante,
que podría situarse entre las hipnóticas
escenas de danza de Sans Soleil (Chris
Marker) y el catárquico final de Zatoichi (Takeshi
Kitano). Las compañías de danza avanzan
lentamente al ritmo de la música de percusión
y los pasos primarios y repetitivos de una Yu entregada
nos dan a entender que la sutileza no tiene nada
que ver aquí, se trata de una invocación,
una ceremonia pagana de exaltación colectiva
de la naturaleza que, finalmente, decide manifestarse.
Sin previo aviso, un aguacero tropical desgarra
el sol oblicuo de la tarde y alivia el calor acumulado
en la atestada calle, y convierte esta escena en
una pura y brillante liberación, los cuerpos
se desbocan, ríen, gritan, se empapan de
agua y luz. Ante esta epifanía, Taku y Shu
abandonan sus labores de contención y se
unen al fluido danzante, libres por un momento —el
primero— del peso que arrastran. Y del mismo
modo que vino, el aguacero regresa a lo invisible,
pero unas gotas sobre el cristal de la cámara
nos recuerdan, una vez más, que seguimos
aquí, en las calles de Nara.
Este breve pero
intenso diluvio supone la aparición
definitiva de la naturaleza en Shara,
que ya se había manifestado previamente
en pequeños detalles como la ráfaga
de viento que busca a Shun tras la desaparición
de Kei en el prólogo o en el perenne jardín
que se extiende como una alfombra de verdes entre
las calles y casas de Nara. Contaba nuestro compañero
Emilio Toibero que Alain Robbe-Grillet dijo de
Antonioni que era el único cineasta capaz
de filmar el viento(5). No pretendo llevarle la
contraria al novelista y guionista francés
pero me gustaría añadir otro nombre
a su solitaria lista: Kawase no sólo ha
filmado el viento; también ha logrado apresar
en celuloide el más sorpresivo y bello aguacero
que yo recuerde, en una escena llamada a defender
su torrencial importancia para el cine contemporáneo
en los años venideros.

La segunda de las escenas es el parto de Reiko, el catalizador final donde confluyen todas las líneas de fuerza planteadas anteriormente por Kawase y al que asisten todos sus personajes: Taku, Shun, Yu y Shouku, además de dos parteras, acompañan a la madre. Durante el parto las manos se buscan, las miradas se enlazan, las respiraciones se acompasan; todo fluye, todo adquiere finalmente una meta y los ojos miran de nuevo al frente, mientras la cámara se muestra más inquieta que nunca y se asoma al grupo como uno más. El bebé surge —unos llegan, otros se han ido— y Shun llora como un recién nacido, y puede que esta vez no sea una metáfora. Han pasado cinco años desde la desaparición de Kei, y será un nuevo cuerpo hasta entonces oculto el que, al hacerse visible entre las piernas de Naomi Kawase, venga a pasar página y llenar el vacío enquistado en todos ellos. Como revela la propia cineasta, esta fundamental escena fue incorporada al filme poco antes del inicio del rodaje en respuesta a la irrupción del azar (uno de los fermentos más interesantes del cine contemporáneo): «Durante los preparativos del rodaje asistimos al nacimiento de un niño en el barrio. La escena del parto es muy importante en Shara. Cuando, pensando en mi película, [pregunté] por la manera en la que se desarrollaba, Kazumi Shibata, que interpreta el papel de una de las parteras, me respondió que esas cosas no se podían explicar, que era necesario asistir por uno mismo. Y eso es lo que hice. No sabría explicar con palabras la emoción que me invadió asistiendo a este nacimiento, viendo la felicidad que resplandecía en todas las miradas de la familia reunida en torno a la madre»(6).
Y lo que Kawase no pudo explicar con palabras
decidió filmarlo. Una vez completada la
ceremonia primigenia del parto, Kawase deja al
grupo, “reunido en torno a la madre” y
la cámara comienza a retroceder —de
nuevo el pudor necesario del cineasta y de nuevo
un travelling— desandando parte
del camino que recorrió durante el prólogo
mientras se escuchan en off las voces
de Shun y Kei que abrían la película.
La cámara daba comienzo a la historia despertándose
y buscando a sus personajes y la cierra alejándose
de ellos, retrocediendo no ya hacia la oscuridad
de la que surgió sino hacia las diáfanas
alturas y el cielo esperanzado de Nara.
Notas
- Shara. La vida en este jardín . Eduardo Rojas, El amante 145.
- Cien años de cine japonés . Donald Richie. pp. 61
- Este martilleo proviene de un instrumento manejado por monjes durante ceremonias relacionadas con el festival Basara. Frente a códigos desconocidos como estas ceremonias, la decoración festiva en el exterior de las casas, los trajes tradicionales, las figuritas que se entregan Shun y Yu o los pequeños rituales realizados por los personajes, el espectador occidental se encuentra completamente desarmado por un subtexto que le es completamente extraño. En la página de la distribuidora francesa de la película, la propia Kawase explica algunos de estos detalles.
- De cuya Eureka (2000) incluimos crítica en este mismo número de Tren de sombras.
- Ni sociólogo, ni moralista, ni político: cineasta. Emilio Toibero. Otrocampo .
- Declaraciones extraídas de la página de la distribuidora francesa de la película (Ob. cit.) Gracias a Álvaro Arroba por la traducción.
José Manuel López FernándezTodos sus textos en Tren de sombras


