Libro

Antonio Gabriel Ruiz Jiménez: El cine: ¿muerte o transficuración? tramsfiguración? (CS-Comunicación Visual)

Hace veinte años que críticos e historiadores de cine comenzaron a anunciar lo que quedó en llamarse, quizá de modo impropio, la muerte del cine: no referida tanto a la amenaza que se sentía sobre lo cinematográfico como tal —nada menos que la última manifestación de la cultura literaria, esencialmente distinta de lo televisivo o de lo audiovisual en general—, sino a la progresiva descomposición del sistema de distribución de películas, cuyo rasgo más simbólico se resume en el cierre imparable de las entrañables unisalas de proyección, ubicadas en los disputados terrenos del centro de nuestras ciudades, en favor de los multicines que brotan, imparables, junto a los centros comerciales de la periferia urbana. Y Antonio Gabriel Ruiz Jiménez mantiene que la calificación de muerte es inadecuada, porque de lo que habría que hablar es de transformación, cualitativa y cuantitativa, del lenguaje del cine, estrechamente vinculado a sus modos de producción (tanto como decir de enunciación) y distribución, ambos dirigidos a un público continuamente necesitado de nuevos estímulos.

El libro —que según su autor está dirigido a estudiantes y profesores de Comunicación Audiovisual y a los estudiosos en general—, presenta una rigurosa investigación, prolija en datos que nos demuestran, paso a paso, las razones sociológicas y económicas que han regido los dramáticos (por espectaculares) cambios que ha sufrido la industria del cine en las últimas tres décadas. Ruiz Jiménez desarrolla sus disertaciones de forma clara y amena, evocando citas y antecedentes que aparecen oportunamente durante la lectura del libro. La introducción comienza con la Afirmación Base: "El lenguaje cinematográfico ha experimentado una profunda transformación desde que la televisión (vía emisión o vía vídeo/DVD) se ha convertido en el modo de recepción mayoritario de imágenes cinematográficas, sustituyendo a las tradicionales salas". A continuación, el autor desenvuelve las diferentes ideas que giran en torno a este axioma, en un bloque de análisis empírico donde traza una nutrida revisión historiográfica del fenómeno, para terminar aportando su conclusión y apostilla final, que no es otra que proponer una mirada comprensiva, en su justa medida, hacia un medio expresivo que en la actualidad vive su máximo apogeo comercial, y que sin embargo se presiente falto de una renovación de ideas y argumentos frescos que, a medio o largo plazo, le puedan insuflar nueva vida.

Es de señalar que cuando Ruiz Jiménez dice "cine", se refiere al modelo de Hollywood, asumiéndolo como paradigma que no sólo domina las carteleras de casi todo el mundo, sino que también dicta la pauta para la mayoría de las producciones de entretenimiento, aun cuando se realicen en otros países y para otros mercados. Que este modelo sigue gozando de buena salud, es algo que Ruiz Jiménez constata a través de las gráficas e informes palmarios acerca de la asistencia del público al cine, atraídos principalmente por las "películas acontecimiento", cuyas cifran de recaudación salvan la producción anual de los estudios. Pero el hecho de que el 60% de este público tenga entre 18 y 20 años, y que precisamente esta franja de edad acuda a las salas casi exclusivamente el día del estreno, nos hace entender la portentosa presencia del cine de puro consumo en nuestras carteleras.

El análisis que presenta Ruiz Jiménez se revela de lo más jugoso, capaz de descartar los tópicos catastrofistas surgidos en derredor de lo cinematográfico, que no se sostienen ante un análisis bien documentado. El autor recurre nuevamente a la estadística para recordarnos que de 1981 a 1994, los ingresos globales del cine se multiplicaron hasta un 435%. Dan ganas de exclamar, "¿Crisis? Pero, ¿¡qué crisis!?", y sin embargo este crecimiento debe ponderarse con el retroceso de las salas tradicionales y el avance de nuevos mercados, siendo patente la diversidad de opciones que los consumidores tienen para llenar su tiempo de ocio. La proliferación de los blockbuster es uno de los acontecimientos que Ruiz Jiménez aborda más generosamente en su libro.

La distribución del vídeo doméstico, y después la eclosión del mercado del DVD, pone a nuestra disposición una cantidad y variedad de filmes que difícilmente encuentran repercusión en las carteleras, demostrando que la oferta del Home Entertainment está hasta cierto punto reñida con la asistencia al cine, desde que el espectador debe decidir qué películas ver en la sala, y cuáles dejar para la televisión. Ruiz Jiménez aporta razones tan significativas como que los éxitos de cada temporada no suelen coincidir con los títulos más alquilados en los videoclubs; con todo, un DVD (como antaño la cinta de vídeo) no es más que un sistema distinto de visionado, que no reemplaza la experiencia de la sala de cine, a oscuras ante el filme, pero ofrece otro tipo de imágenes e informaciones complementarias al disfrute doméstico del mismo. El autor también expone datos de la MPAA (Motion Picture Association of America), que revelan notorias diferencias entre la cantidad de horas anuales que el espectador medio dedica a ver películas en la sala de cine (no superior a 13) y las que pasa viendo ficción frente al vídeo (77 horas), no obstante ambos datos minimizados frente a las más de 1661 horas que dejamos pasar mirando la programación televisiva como media.

Lo que el libro viene a manifestar es el cambio paulatino de lo cinematográfico a lo audiovisual, desde que ya no se habla únicamente de imagen fílmica sino de otra categoría más general, la Imagen Movimiento que también abarca el discurso televisivo, opuesto al cinematográfico pero que sin embargo ha proyectado una notable influencia en sus modos de producción, desde la conversión de las Majors en canales (como la Fox), la creación de telefilmes como objeto de consumo puramente televisivo, hasta la inversión de las cadenas en la realización de películas, que de alguna forma deben prestigiar a la institución pública o bloque empresarial que las patrocina. Asimismo, el cine de consumo también se ha sentido en la necesidad de tomar prestados argumentos previamente difundidos y popularizados por las ondas, como en los últimos años ha dado fe la enorme cantidad de remakes de exitosas series de los 60, 70 y 80 que han soportado las carteleras.

El autor advierte al final del libro que las fuentes de la imaginación ya amenazan con secarse. Y es que el éxito desmedido no asegura la durabilidad del producto, ni una renovación acertada —algo así como matar la gallina de los huevos de oro—. Quizá haya que pensar en el cine proveniente de las periferias culturales como en el verdadero motor de renovación de lo cinematográfico, que si bien persiste transfigurado, difícilmente cambiaría tanto como para no seguir reconociéndose su esencia: que el cine es vida, y la vida permanece en el corazón.

María LorenzoTodos sus textos en Tren de sombras

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