La madre muerta (Volver)
Volver, Pedro Almodóvar, 2006
En memoria de Alejandra
El melodrama es la ciencia ficción del sentimiento.
Jordi Costa1. Nuestra vida está llena de fantasmas, entre ellos uno que se vale de nuestro nombre, voz y cuerpo para hacerle creer a los que nos rodean que están vivos. La última película de Almodóvar es una película sobre fantasmas y está, naturalmente, llena de ellos. Volver es una película de necrofílica ternura, espectral pero amigable que escoge relacionarse con el cine pensado como paliativo de presencias perdidas, sentido como salvador de lo irrecuperable. Algunos de los fantasmas que deambulan por ella son los del padre ausente, los de la madre muerta, los del socialmente diluido papel masculino, los del desempleo, los del cada vez más fantasmal núcleo familiar unido por la sangre, y los del cine mismo. A propósito de estos últimos, Almodóvar filma a uno de sus personajes mientras mira por televisión una película de Silvana Mangano (decir que es una película con Silvana Mangano es ignorar que la cultura cinematográfica de los personajes almodovarianos le da un lugar preponderante a los actores en lugar de a los cineastas), y le obliga a usar una prótesis en el culo a Penélope Cruz durante toda la película sólo para que esta se parezca a la rotunda diva italiana. Aunque en verdad termina por recordarnos mucho más a Sofía Loren, otro fantasma viviente de una época del cine peninsular tan gloriosa como pretérita.
Los títulos del comienzo, impresos sobre el fondo gris del mármol de las lápidas de una decena de tumbas que un coro de viudas, enlutadas vaya a saber desde hace cuánto tiempo, está cuidando durante una ventosa y soleada mañana, nos ponen en situación. En esta película los muertos no dejan nunca de estar presentes, y la muerte misma es una dolorosa pero dulce costumbre a la que los vivos pronto se habitúan sin que puedan hacer demasiado contra ello. Como lo que le sucede a la mayoría de la gente con todas las costumbres. Es cierto que, al igual que en el más desatado de los melodramas, se hará presente el crimen en la vida de la protagonista, pero la respuesta de los vivos a las consecuencias de un hecho límite como ese se dará con terrible naturalidad. Vivir con la muerte es lo usual para la mayoría de estos personajes, y vivir como muertos es el único destino que le queda a algunos de ellos. Uno de los cuales volverá, cual recurso de folletín o telenovela barata, de la misma muerte sin que alcancemos a saber inicialmente si es o no un fantasma con todas las letras. Es cierto que luego habrá una explicación racional para su aparición, pero quedará en nosotros la certeza intuitiva dada por las imágenes de que el milagro ha sucedido, que es mucho más deseable que la solución lógica, y hasta que es posible. Al menos para el cine. Justamente durante ese tramo de incertidumbre es cuando más deliciosa se torna Volver. Rozando el fantástico, Almodóvar siembra la duda no solamente sobre la identidad física o metafísica del ente en cuestión, sino sobre el espesor de nuestra propia existencia y la naturaleza ontológica de la inmortalidad que brindan ciertas formas de representación.
Hace unos días me ocurrió algo extraño y lo cuento porque viene al caso. Me enteré que unos parientes lejanos conservan en su poder una filmación de su casamiento, ocurrido hace ya más de treinta años, en la que mis padres aparecen. Vale decir que en mi familia, vaya a saber por qué razón, nunca nos hemos filmado. Me sentí repentinamente conmovido, y pensé que iba a conocer a mis padres en su juventud por primera vez, que verlos como en el cine me iba a permitir saber realmente quiénes eran, cómo hablaban, cómo se movían, de qué manera ocupaban el espacio. Aclaro que mis padres no han muerto, viven a la vuelta de mi casa, nos vemos todos los días, y nada hace pensar que puedan faltarme en breve, pero supongo que la cercanía física y emocional nos quita perspectiva y distorsiona la visión que tengo de ellos. Igualmente, todavía no he visto la filmación y dudo que viéndola pueda descifrar siquiera alguno de esos misterios, pero me sigue llamando la atención que, siquiera por un momento, pueda haber pensado que sabría más de ellos viéndolos en una pantalla que conversando o conviviendo con ambos. Como si la imagen fílmica de mis padres pudiera ser más real que mis padres de carne y hueso. Como si el cine fuese más fidedigno que la vida, más aprehensible, más cierto.
Esa misma fe en el artificio audiovisual es la que puede percibirse en Volver. La voluntad de crear un mundo paralelo al nuestro, falso pero capaz de sobrevivirnos. Como fantasmas, es cierto, pero mejor ser un fantasma que un cadáver cuyo recuerdo tiende a esfumarse con la misma celeridad con que se descompone un cuerpo. De manera que Volver nos habla del cine como sustituto, laico y parcial, de la doctrina de la resurrección. Como el único ámbito donde ciertas reparaciones extremas son posibles. La película de Almodóvar es una suma de trivialidades domésticas, de ritos cotidianos como el de ir a la peluquería, ver televisión, visitar a una tía enferma, o hablar con los vecinos. Pero que están destinados a perdurar y moldear nuestra memoria mucho más que el sucedáneo real, gracias a la puesta en escena de un creador, y el carácter representativo de las estrellas populares que lo llevan a cabo en la pantalla. Con el paso del tiempo, la Loren, la Mangano, Carmen Maura o Penélope Cruz haciendo de cualquiera de ellas tendrá más vida que la persona real que cada una de ellas es —o ha sido— detrás de su máscara actoral, y hasta puede que lleguen a estar algún día más presentes en nuestra memoria que la imagen de nuestros propios padres o el sonido de su voz, deformado y hasta aniquilado por la liquidez de la memoria humana.
2. El célebre tango de Gardel y Le Pera que da título a la película y Raimunda (Penélope Cruz) canta en un momento particularmente emotivo de la misma funciona como alusión a la vuelta de un ser querido que ha muerto, y que su personaje extraña tanto más cuanto menos puede hablar de él. Hay un fragmento de la canción en que la letra dice que la mirada febril, errante en las sombras, la busca y la nombra. Cabe preguntarse qué es exactamente lo que busca esa mirada. La del tango busca una ciudad, un tiempo y una persona que, si todavía existen, ya no son lo que fueron. La de la película va en busca de una persona definitivamente ausente. En ambos casos, algo que está en el pasado y a lo que se precisa regresar. Irrecuperable pero igualmente imprescindible. Como la infancia o como el paraíso: esos lugares que busca nuestra mirada muchas de las veces en que nos ponemos a mirar una película. Y en Volver, Almodóvar tiene la generosidad de regalarle por un rato a su protagonista y a todos nosotros ese regreso a casa que sabemos imposible.
Alguna vez leí que el pathos que domina en el melodrama es el de la melancolía, ese agridulce veneno paralizador que ni siquiera la tragedia es capaz de destilar, esa viscosa morbosidad que se regodea en el sufrimiento del otro para sentirse capaz de trascender el propio. Y qué sentimiento más melancólico hay que el deseo de regresar al único lugar plenamente seguro, cálido y acogedor que todo ser humano ha conocido. Volver es un viaje al corazón del matriarcado, a una ciudad, un pueblo y una familia carente de hombres. Volver es una aventura intrauterina similar a la que emprendían el buzo de juguete de Atame entre las piernas de Victoria Abril y el amante menguante de Hable con ella, alter ego cinematográfico de Juan y su amor por la comatosa Ana. La vuelta al hogar primero, a la madre muerta (literalmente, o en lo que compete a su función de crianza) o a los rincones de la infancia: todos aquellos espacios, reconocibles y confiables, que pueden acogernos, estrecharnos y protegernos. Por eso la película se desarrolla menos en la ciudad, ámbito vasto de la independencia y la lucha por la vida, que en el pueblo chico y en la vieja casa donde los personajes vivieran de chicos. Por eso cada vez que el fantasma debe ocultarse de alguien se tira debajo de la cama, como remedando los juegos de la niñez en los que uno se escondía para que lo buscara la madre.
Pero ese repliegue de los personajes en su mundo privado, llevado hasta el extremo de ocultar un crimen del foro público que debiera juzgarlo y sancionarlo (en una hermosa secuencia en la que la protagonista sólo recibe ayuda de una inmigrante), tiene una excepción feliz: la relación que establece Raimunda con el equipo de filmación de una película que come todos los días en su restaurante. Ellos son su único contacto con el afuera, la única posibilidad de divertirse que tiene, de enamorarse y hasta de mostrarle a otros sus olvidadas dotes para la canción. De esa manera, Almodóvar vincula el universo cotidiano de la vida, tan fatal y ordinario como el que más, con el mundo del cine, aquel que puede convertir nuestros sueños más extraordinarios en realidad y sacarnos, al menos durante un rato, de la rutina doméstica. Un mundo muy distinto al del espectáculo, la farándula o la TV, como se encarga de aclarárnoslo la penosa secuencia en la que una amiga de Raimunda se presenta en un talk show sentimental al modo de Gente que busca gente. Una especie de familia sin lazos de sangre tiránicos en los que nadie, individualmente, es muy diferente al otro (nótese que el equipo está formado por los técnicos y la crew), pero que juntos son capaces de construir un artificio más justo que el de la realidad.
3. En la crítica de Air bag que hace casi ocho años escribiera Quintín en la revista argentina El Amante, traza un breve pero interesante recorrido por la genealogía del cine español contemporáneo en la que, como no podía ser de otra manera, Almodóvar ocupa un lugar central. Quintín habla de un primer y un segundo Almodóvar. El que pateó el tablero del conformismo y la tradición introduciendo nuevos diálogos, nuevos actores, nuevos temas y una carga de audacia y libertad no vistas antes en la cinematografía ibérica; y un segundo Almodóvar que terminó por adherir a la más clásica tradición cinéfila americana instalada por Fernando Trueba. Después, claro, sobrevino el calculado éxito de Todo sobre mi madre*,* y su cine perdió buena parte del respeto crítico debido a esa prolijidad que rozaba lo qualité, su postura tan políticamente (in)correcta, su conformismo y previsibilidad, atributos que también alcanzaron a teñir el celuloide de La mala educación. Pero si descartamos esta última tendencia suya destinada a conseguir el bronce, cualquiera de los otros dos caminos parecen válidos. Estarán los que prefieran la frescura del principio, los que se queden con el clasicismo posterior, y los que sepan disfrutar de ambos. Lo cierto es que Volver, al igual que Hable con ella, son parte de esa segunda etapa que serena pero lúcidamente hacen de su cine uno de esos sitios familiares cada vez más placenteros para la mirada.
VOLVER
Por Marcos Vieytes
Dirección: Pedro Almodóvar
Guión: Pedro Almodóvar
Producción: 2006. España. Agustín Almodóvar, Esther García.
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: José Luis Alcaine
Reparto: Penélope Cruz, Carmen Maura, Lola Dueñas, Blanca Portillo, Yohana Cobos, Antonio de la Torre, Chus Lampreave.
Notas
- Dedicado "En memoria de Alejandra"


