Genitalidad y anatomía (Batalla en el cielo)
Batalla en el cielo, Carlos Reygadas, 2005
Los curas tenían razón: hay que diferenciar genitalidad y sexualidad. Pero mejor no haberles hecho caso, porque si no, jamás gozaríamos del sexo y padeceríamos desórdenes psicológicos. Respecto al genital masculino, el cine ha mostrado siempre un carácter sacerdotal que molesta. Si exceptuamos las películas porno, el miembro viril ha estado censurado. No existía. No es que no haya habido manera humana de resolver dignamente una escena de sexo -como decía Truffaut-, es que los directores han escamoteado de las pantallas el pene en su esplendor erecto. Si tuviéramos que usar el séptimo arte para explicarles la anatomía del ser humano a los marcianos, éstos pensarían que el hombre es un castrado. Afortunadamente, algún director ha desmentido esta inexactitud biológica. El pene del protagonista de “Batalla en el cielo”, del mexicano Carlos Reygadas aparece en la película de un modo hiperrealista, es decir, feo, oscuro, puntiagudo, pellejoso. Un miembro viril atormentado que se yergue cuando la guapa Anapola Mushkadiz se le ofrece en coyunda lírica a mitad de drama. Miren, uno no es homosexual, pero aunque sólo sea por imprimirle naturalidad al cine, por eliminar complejos de épocas pasadas, se agradece la aparición de ese asqueroso pene mexicano que ruge de un modo patético. No, no es una torre de sangre poderosa que intimida. Es decir, no es el superpene que el tramposo de Medem mitifica en “Lucía y el sexo”, y no es, ni mucho menos, el palmo y medio de carne que desaparece en el interior de muchos orificios en las pelis porno. Es un pene como los que sólo se atrevió a filmar Passolini: torcido, morado, oscuro, un pene idéntico al que muchos hombres descubren diariamente en el espejo por la mañana. Un pene del que, igual que pasa con las orejas o las rodillas, no hay que avergonzarse. Reygadas ya había ofrecido en su film “Japón” una ración de sexo sórdido, al filmar el coito entre un suicida y una anciana. En “Batalla en el cielo”, el sexo cobra carácter epifánico, al constituir la antesala de un crimen pasional y de un suicidio en procesión religiosa a lo Rulfo. Una pena que esta película no se disfrute por culpa de la nefasta vocalización de los actores amateurs -cuesta comprender lo que dicen-, y por el deliberado ocultamiento del suceso inicial, un secuestro apenas notificado. Ahora que se ha abierto la veda, ¿se llenarán las pantallas de pollas chungas y despellejadas? Esperemos que no. Una cosa es reivindicar un poco de normalidad anatómica, y otra que la posmodernidad saque en desfile los genitales de la clase actoral en pleno. Haya criterio, por favor.


