Avatares del último cineasta clásico
Recién
editado en DVD su último trabajo tras la cámara, Mystic
River, sale
a la venta oportunamente este libro dedicado a la obra
de Clint Eastwood, considerado en la actualidad, y casi
de forma unánime por
la crítica especializada, el último cineasta
clásico norteamericano. El crítico cinematográfico
barcelonés Quim
Casas (autor de otros tantos interesantes
estudios sobre otras grandes figuras del cine clásico
como John Ford, Howard Hawks, Raoul Walsh o Fritz Lang)
expone de manera amena y detallada, aderezada por numerosos
datos y curiosas anécdotas, las razones que justifican
ese calificativo, ya remarcado en el título de
su libro, y como es habitual en Casas, lo puntea con
interesantes acotaciones personales.
El libro analiza con detalle la trayectoria global del cineasta en sus tres parcelas significativas: la de actor, productor y director a las que Casas añade con buen tino una cuarta: la de autor, faceta ésta última que resulta indiscutible para muchos seguidores del cineasta y que el crítico se encarga de justificar y defender a lo largo de las más de 230 páginas de las que consta el libro llamando la atención sobre los numerosos puntos de cohesión —unos más marcados que otros— que se encuentran en los distintos títulos que componen la extensa filmografía del cineasta, indistintamente de que ejerza o no de director tras la cámara, pues tan significativa considera la influencia que ejerce la marcada personalidad de Eastwood en las películas en las que ha intervenido.
Casas abre su estudio con un intento de, si no desvelar, sí señalar lo que él llama “el misterio Eastwood” y que caracteriza el largo camino —nada exento de varapalos críticos, fracasos comerciales y cuestionamientos ideológicos— recorrido por el cineasta hasta el momento presente. El autor no duda de calificar a Eastwood de auténtico misterio, de caso inusual en la bien edificada estructura de la cinematografía norteamericana, capaz de producir e interpretar películas se sospechoso tinte fascista a la vez que, acto seguido, rodar algunos de los films más personales y arriesgados que han salido de Hollywood en las última décadas.
Clint Eastwood (Avatares del último cineasta clásico), se extiende luego, tras un interludio biográfico, en diferentes apartados que retratan la figura del Eastwood-actor, del Eastwood-productor —donde se destaca la importancia de la productora creada por el cineasta y el equipo fijo de colaboradores que la forman, Malpaso, que ha dado al director la suficiente independencia como para asumir sus proyectos más arriesgados—, del Eastwood-director y del Eastwood-autor, deteniéndose en cada uno de esos capítulos lo suficiente para analizar cada una de esas facetas y su influencia en los correspondientes trabajos del cineasta.
A modo de referente informativo, Casas incluye también en el capítulo dedicado a la figura del director un variopinto listado de actores, de distintas épocas, que han dado el salto a la dirección de películas con mayor o menor fortuna —donde, por cierto, llama la atención la ausencia entre los citados de Edward James Olmos y su estupenda American Me—.
El crítico analiza también, en su parte final, la faceta musical de Eastwood y de cómo esta afición, sobre todo por el Jazz, ha estado presente en prácticamente toda la filmografía del autor, de manera más sesgada o evidente.
Completan el estudio una detallada filmografía y bibliografía sobre el cineasta, así como variado material fotográfico.
Un libro muy recomendable.


