
17.
Epílogo
Esta última temporada de convivencia
de Marianne con Johan que es Sarabande y el omnipresente
amor de Anna intuido en la persistente visualización
de la foto de su rostro, le sirve finalmente a ella
para, en un brevísimo episodio introducido en
la coda final, tomar conciencia de su relación
con una hija, Martha, recluida en un asilo y con quien
apenas mantiene contacto pues casi no es reconocida
por ella. Por primera vez es consciente del contacto
físico con su hija.

A lo largo de la película se han ido desgranando
ante los ojos asombrados de Marianne y del espectador
todo el desprecio del padre hacia el hijo, la tristeza
y el desamparo por la pérdida de alguien capaz
de mostrar amor con su sola presencia, el intento de
revivir dicho amor a través de Karin, tanto por
parte del padre como por parte del abuelo sin detenerse,
para ello, ante la manipulación de sus sentimientos.
Eso sí, al final de la película, en su
última explicación al espectador de los
momentos vividos durante esos meses, otra vez ante sus
fotografías, en el montón de retratos
aparece uno nuevo, Anna forma ya parte de sus recuerdos.
Una bella película, en suma, compendio de sus
últimas obsesiones (relaciones personales, muerte,
afecto, incomprensión ...) realizada con una
serenidad clásica, con una planificación
de una precisión implacable, que no necesita
de innovaciones de lenguaje, para mostrar el lado más
humano de su cine, como ya había hecho en En
presencia de un clown, hablando de otro de sus grandes
temas, el teatro y el cine, es decir la representación,
que ha sido la razón de su vida profesional.
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