trendesombras.com Num #0 - Septiembre 2003

Después de su brillante y premiada opera prima Amores Perros (2000), y su participación en trabajos colectivos como The hire (The hire: Powder Keg, 2001) o 11.09.01 (Segmento Mexico, 2002), Alejandro González Iñárritu retoma algunos de los elementos de la película que le valió el Premio de la Semana de la Crítica en Cannes. Una vez más, un fatal accidente de coche ejerce de detonante de la acción. El accidente fulminará la vida de tres personas, pero también incidirá en la de otras, cambiándolas radicalmente en forma de pérdida, de culpa y... de vida. 21 gramos es una desgarradora radiografía de algunos de los sentimientos viscerales más arraigados en el ser humano: la culpa, la esperanza, la venganza, la fe, el amor y, sobre todo, el dolor, el dolor por la pérdida. También reflexiona sobre el papel del libre albedrío y el azar en nuestra existencia, sobre cómo acciones ajenas a nosotros pueden cambiarla radicalmente, quitando y dando vida.

El director mexicano nos presenta la existencia como una continua cadena imparable de pérdidas que se van sucediendo entre sí, desde la pérdida de los seres queridos que vamos conociendo, hasta la pérdida de nuestra propia vida. En el caso de 21 gramos, el accidente de coche se lleva por delante a la familia de Cristina Peck (Naomi Watts) y a la fe que guiaba la existencia de Jack Jordan (Benicio del Toro). Sin embargo, es la salvación en forma de transplante para Paul Rivers (Sean Penn), aunque no impida que continúe el proceso de desintegración de su matrimonio.

Uno de los puntos fuertes de 21 gramos es su reparto, que cuenta con lo mejor del panorama norteamericano actual. El siempre magnífico Sean Penn interpreta de nuevo un personaje de gran complejidad moral —como ya hiciera recientemente en Mystic River (2003. Clint Eastwood) a las órdenes de Clint Eastwood— que, tras debatirse entre la vida y la muerte, siente una gran empatía con el anterior portador del corazón que le ha dado la vida, el marido de Cristina, lo que le llevará a buscarla a ella para expresarle su agradecimiento. Benicio del Toro, que se confirma como uno de los actores con mayor presencia frente a la cámara, tiene el papel más complejo en cuanto a la situación interior de su personaje, donde se libra una lucha entre la fe y el sentimiento de culpa. Se trata de un ex-presidiario reconducido por el buen camino, ferviente creyente que se sentirá traicionado por sus ideas religiosas tras atropellar a la familia de Cristina. Pero la que reluce por encima de todo —quizás en su absoluta consagración como gran actriz tras dar el alma a Mulholland Drive (2001. David Lynch)— es Naomi Watts. Su actuación refleja una absoluta y sentida interiorización del personaje, transmite toda su tristeza, crispación y rabia; todo contenido en una olla a presión de emociones que termina explotando de forma abrupta. También merece una mención especial Charlotte Gainsbourg, que ve impotente como su relación con el personaje de Sean Penn se desvanece. Ella lo da todo por cuidarle durante su espera para el transplante y desea tener un hijo suyo por inseminación artificial antes de que él muera, pero una vez que Paul es salvado vuelven a aflorar los problemas de la pareja, que se irá desmoronando irreversiblemente.

El accidente automovilístico no solamente acaba con la vida del marido y las hijas de Cristina, sino que supone una vuelta, una marcha atrás en la vida de los tres protagonistas del film. Jack vuelve a la cárcel tras entregarse voluntariamente a la policía y pierde toda la fe religiosa que había adquirido tras salir de su anterior encierro, Cristina vuelve a un pasado de alcohol y cocaína buscando evadirse de su sufrimiento y Paul vuelve a tener problemas con su pareja.

Los personajes encaran las situaciones límite a las que se enfrentan desnudando sus emociones y manifestando su sufrimiento; no pueden hacer nada más que intentar superarlas —sin dejarse arrastrar— y aceptarse a sí mismos y su nueva realidad. Este aspecto queda más remarcado por el estilo visual de la película: la cámara al hombro en planos muy cortos y cerrados nos acerca a los personajes, posibilita una total participación de sus mismos espacios, tiempos y sentimientos. Además, la imagen ha sido tratada mediante el método bleach-bypass (o skip-bleach), consistente en no realizar el proceso de lavado de la plata del negativo, de forma que los negros son profundos, los blancos radiantes y los colores están virados a un tono más terroso, que da un aspecto más natural a la piel humana y al conjunto de las imágenes. El destacable trabajo de iluminación también queda realzado por este proceso. Es representativa la radiante luz blanca del cuarto de las hijas de Cristina que, cuando ella aún no es capaz de entrar, se filtra por el resquicio de la puerta, o la luminosidad y blancura del dormitorio mientras Cristina y Paul hacen el amor. Iñárritu plantea una significativa relación entre fondo y forma, pues cuanto más extrema es la situación en la que se ven envueltos los personajes, mayor es el grano de la película, que se diluye en los momentos menos problemáticos. La sucesión desordenada —en cuanto al aspecto cronológico— de las imágenes da el ritmo de contrastes entre más y menos grano. También hay grandes contrastes entre el silencio del dolor y el ruido de celebraciones alegres (la fiesta de cumpleaños, la misa en la iglesia). El sonido cobra su mayor importancia en la secuencia donde se encuentran los tres protagonistas, la explosión final de toda la crispación acumulada se presenta bajo la presencia de un ruido ensordecedor, que no hace sino intensificar la brutalidad —física y emocional— de la escena. La música compuesta por Gustavo Santaolalla se disuelve y mezcla entre las imágenes, goteando entre los silencios y contribuyendo a la unión de situaciones separadas en el tiempo pero unidas en el plano sentimental.

Otro de los pilares fundamentales en los que se apoya la película es el montaje, siendo su elección uno de los mayores aciertos del director mexicano. Al igual que los pintores impresionistas no fundían los colores en su pincel, sino que dejaban esa función al ojo del espectador, 21 gramos tiene un montaje fragmentado en distintas "manchas sentimentales"(1) que, vistas en su conjunto, dan sentido y coherencia a la historia. Huyendo de cualquier linealidad, se deja llevar y monta la película como una sucesión de cortas secuencias sin relación cronológica, solamente emotiva. Es mucho lo que consigue gracias a esta decisión, tanto dosificar la información y la carga emotiva que recibe el espectador, como dotar de un carácter más pictórico, puntillista, a la película. Así mismo, es una de las formas más acertadas para acercar las distintas visiones del sufrimiento al público. Al recibir las sensaciones de forma fragmentada se incrementa el nivel de atención del mismo y la posterior visión global del conjunto gana en significado. Además, introduce un nuevo elemento de intriga, conocer lo que va a suceder no hace que se pierda el interés por lo previsible de la situación, sino que este se centre en la forma en que va a suceder, dado lo inevitable de la misma.

Tal y como muestra la película, lo importante de los 21 gramos que pierde el cuerpo humano en el momento de morir, al margen de las reflexiones que esto pueda suscitar sobre si se trata del alma, es que se trata del peso que cae sobre las personas que se dejan en el mundo al hacerlo. Puede parecer un peso insignificante —"cinco centavos, un colibrí, una barrita de chocolate"—, pero es un enorme peso que aplasta como una losa a esas personas, que tratarán de levantarlo tanto como puedan, aunque tengan la certeza de que ya nada volverá a ser igual. Ante las palabras de su padre, que la anima a seguir adelante tal y como hizo él cuando perdieron a su madre, Cristina responde: "No, that's a lie. Life does not just go on".

© Daniel de Partearroyo y trendesombras.com 2004

21 gramos
Por Daniel de Partearroyo

Título original: 21 Grams
Dirección:
Alejandro González Iñárritu
Guión: Guillermo Arriaga
Producción: 2003. EEUU
Fotografía: Rodrigo Prieto, Fortunato Procopio
Música: Gustavo Santaolalla
Reparto: Sean Penn, Naomi Watts, Benicio Del Toro, Charlotte Gainsbourg

NOTAS:
(1)
Tal y como las definió el propio Alejandro González Iñárritu en el coloquio posterior a la proyección de la película el 11 de diciembre de 2003 en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.